Atención les pido a todos los que aquí me estén oyendo,
que les quiero dar un rato de risa y de pasatiempo,
pero que nadie se me enfade, ni me diga el ojo es negro,
porque al punto callaré, si me interrumpen el cuento,
ni tampoco se embelesen que nada se me da por eso,
y nada han de remediar con hacerme aspavientos.
A mi no se me da un pito, ni me miren con ojos tuertos,
ni que juren, ni que recen, ni que echen tacos ni ternos,
porque he de cantar de plano, y no he de callar por eso,
todas sus faltas al sol voy a poner sin remedio, Diga
usted, señora musa, sópleme con viento fresco
diamétricos consonantes a mi rudo entendimiento.
A vos, antorcha divina,
Madre de Dios Verdadero,
os suplico humildemente
que deis a mi pluma vuelo,
potencia a mis sentidos,
luz a mi entendimiento
y acierto para explicar
a mis oyentes que, atentos,
estarán ya aparejados
para oír este compendio.
En fin, en las diversiones
no quiero gastar el tiempo,
prosigo, pues, con mi asunto,
no digan que soy molesto
y perdónenme si, acaso,
por osado soy grosero,
pero la pura verdad,
según la experiencia que tengo,
es cuanto voy a decir
aunque me riñan por ello,
porque no temo ni debo,
y pues que me dan atención
en gracia de Dios comienzo.
En Cabrales, patria mía,
nací, pluguieran los cielos
me hubieran ido a parir
a los montes Pirineos,
primero que haber nacido
entre tan bárbaros brutos
presumidos de discretos,
mentecatos sin par,
ruines sin compañero,
envidiosos, ambiciosos,
jugadores y blasfemos
revolvedores de vivos
y soliviadores de muertos
que andan por las sepulturas,
que les huele la boca a muerto,
hombres, mujeres y niños,
todos van por un rasero.
No he conocido ninguno
de este recuento grosero
que de este pie no cojee,
salvo cuatro o cinco de ellos,
y harto será que no canten
si hay quien toque un instrumento ;
y tocando a murmurar
todos hábiles y diestros
enarbolan sus tijeras
y afilan sus labios fieros ;
cortan, talan y destrozan
sin piedad y sin consuelo
del honor de la casada,
de la doncella y mancebo
de sus acciones y pasos
y de quienes fueron sus abuelos
y cuando se apartan dicen :
Cuidado, por Dios, no quiero
que por mí se sepa nada,
no nos junte Dios del Cielo
para decir mal de nadie,
pero lo dicho es muy cierto.
Son serpientes infernales,
son cocodrilos sangrientos,
son gaitas de Belcebú,
ruinas del Universo,
matracas de los abismos
y panderos del Infierno.
Todo cuanto llevo dicho,
y otro que callo en silencio,
es lo mismo que sucede
sin dejar nada por medio,
que para decirlo todo
necesitaría mil pliegos.
Pero el principal asunto
que movió mi atrevimiento
no es hablar en general
porque fuera largo tiempo
sino de aquestos gallipavos,
mandoncillos, calvatruenos,
presumidos, que son los gobernadores,
en la tierra de los ciegos,
cuya nobleza presumen
que compite con los Cielos.
Señores de tres al cuarto,
monseñores de cuarto y medio,
es de risa cómo andan,
henchidos como botiellos,
más graves que los sapones
y enroscados los pescuezos
y con este ego sum,
no caben en sus pellejos,
figúranse priores o
abades de los conventos
siendo cada uno de ellos
el señor Don Pereciendo,
es su cotidiano gasto
chichos, pan, borona y queso,
y en lugar de vino, agua,
porque no tienen dinero.
Cuando tienen que salir
es necesario, primero,
buscar prestado un rocín,
alquilón de algún arriero,
lo aparejan bastamente,
con albarcas de madera
y con belortos por estribos
¡Allá va ese caballero!,
el de la triste figura,
y le viene ello por
los lúcidos aperos
con que salen adornados
y llevan por escudero,
haciendo el papel de Sancho,
un zarrapastrón de aquestos
con las correas rastrando
y los calzones abiertos,
siguiendo su Rocinante,
y luego les dan por premio
un zoquete de borona
y va el pobre muy contento.
Viene uno y pregunta :
¿Qué caballeros éstos
que tanto alabáis?
Respondo : son unos zarangüellos
cargados de vanidad
y aliviados de dinero,
Don Quijote y Don Birote
que fueron ayer cabreros,
y ahora son Don Quijote,
por dos onzas más o menos,
que van comprando a los pobres
con ahorros de sus cuerpos
en celemines rapados
y lo demás en becerros.
Ellos saben hacer nobles
ofendiendo al Rey en eso,
a quien mucho les regale
y les preste su dinero
le hacen mil parabienes
y le quitan el sombrero
por aquel puto interés,
lo hacen al año nuevo
juez, alcalde o regidor
aunque sea forastero
de los que andan por Madrid
birloquera y pregonero,
todo junto en una pieza,
pues viviendo en el concejo,
si regala a los señores
con tabaco o con dinero,
seguro tiene la vara
para el año venidero
que también hacen lo mismo
con cualesquiera forastero
como afloje que guardamos
lo suben como la espuma
y más oliéndole dinero,
pero cuidado que no falte
tocino, cabrito y queso,
la manteca, gallinas y las cuajadas,
pollos, el carnero y huevos,
con otras mil zarandajas,
pues si falla el comercio
enseguida le dirán :
Juez, vaya a ladrar a un cerro,
mas yo digo que hacen muy bien
que andan entre majaderos.
En fin, éste es el lugar que tienen
estos guarros usureros,
siempre viven atosigados
con el pie sobre el pescuezo
arrojados, despreciados,
amedrentados y sorpresos.
Sus hijos han de ser libres,
en todos los sorteos,
como lo mismo también
sus ganados realengos ;
y pena capital tiene
el que se meta con ellos.
Veamos qué lugares tiene
este grosil basurero
y murmuremos todos
por imitarlos a ellos
poniendo de cada uno de ellos
todas sus acciones y hechos
porque algunos ya llegaron
hasta el Tribunal Supremo.
Comenzaré por Arangas
por ser el lugar primero,
oriental, de aqueste valle
de lágrimas y lamentos.
Aquí vive un balandrán,
un sencillo caballero
que es Don José de Cossío,
nada más ni nada menos,
que hace como el papagayo
que no sabe más que un cuento.
No resuelve ni compone,
ni va fuera ni va dentro,
él no juega ni baraja,
ni hace ni mete respeto,
pero es en fin del ilustre
caserón del Navariego.
Sus vecinos son garbeles
apocaditos y honestos,
capotillos y piececillos,
presumiditos y necios,
y gastan si los enfadan
un poquito de mal genio,
calzan muy ajustadito
y comen con mucho tiento,
hacen catorce boronas
de un celemín cuando menos,
un tente vivo y no más
comen, y en esto son diestros,
que es modo de vivir mucho
quedar siempre con deseo.
Pero yo soy de sentir
que no lo hacen por eso,
sino por no poder más.
Así lo siento y asiento.
Vamos al lugar de Arenas,
ciudadela del consejo,
aquí de medio espolón
hay tres o cuatro galluelos,
aunque ellos están creídos
que son de espolón entero,
y como vengo de arriba,
al primero que me encuentro
es a Don José de Mier,
que llaman mozo moreno,
pajarón de la Papera,
chiflón de tragos ajenos,
que siempre vive de gorra
como pueda componerlo,
el año que ha sido juez,
engordó como un tudesco,
arrancó valientes reales,
pero poco le lucieron.
Miserable cual ninguno,
es ruin sin compañeros,
siempre se brinda a escribir,
si ve la bota primero,
gran autor de peticiones
y revolvedor de pleitos,
y si se ofrece un escote
él ha de ser el primero
a mamar, porque al pagar
procura librar el cuerpo,
en la casa de las Angustias
vive el pobre caballero,
mientras compone la suya,
que es cierto que viene al pelo,
el angustiado inquilino
con el nombre de discreto.
Mas como no son gallinas,
los vecinos de este pueblo
no se dejan gallar de él,
ni atienden a su respeto,
ni hacen caso de los ricos
más que el oso de los perros,
porque son unos jayanes,
antiguallos, filisteos,
que guardan sus antiguallas
más que los diez mandamientos.
Las correonas rastrando,
y los calzones abiertos,
palo corvo y zurrón,
y con estos aderezos
se presentan donde quiera,
con muchísimo jaleo,
con desahogo y sin miedo
con su pelo y con su lana
tendido sobre el pescuezo,
que para desenredarlo
diez garabatos de hierro
dudo si serán bastantes.
Y tocando a su gobierno
no hacen caso de señores,
de amenazas ni de ruegos,
ni tampoco han de dejar,
aunque bajara San Pedro,
la fiesta del Caballín,
la zumba, zambra y bureo,
magdalenas, comistrajos,
gaitas gallegas y panderos,
sin hacer caso de frailes,
de amenazas ni de ruegos.
En la fiesta de San Juan
se ha de observar sin remedio
que en este día entre cuatro
suelen matar un carnero,
y traer alguna azumbre de vino
por si acaso algún grosero
se les mete por la puerta,
que en llamar no echan tiempo,
ellos tampoco se ofenden,
que son nobles hasta en eso.
Ese día por la tarde
vienen con todo respecto
a la ermita de San Juan
las nietas del majadero
Sancho García de Arenas,
incógnito caballero,
que nunca ha visto ni oído
fe de vivos ni de muertos,
que dicen que se volvió,
desde las puertas del cielo,
por no dejar acá fuera
el vesturiote y los enredos,
cuyas correas aún
no habían salido del pueblo,
y con todo eso ha de ser
un principal caballero,
se presentan a bailar
con muchísimo deseo
con aquellas albarconas
que van pariendo soletos,
cintayos, bolsones y cabos,
y cuando dan un voleo
largan un olor a orín
que da apetito a un cuerno,
remedio contra lujuria
es su donaire y aseo.
Vamos ahora al tío Villar,
a Dios gracias ya me alegro,
cuyo vicio es preguntar
a los pobres de los Puertos
que vienen de la Marina
con el juelle tras los cuernos
¿A cómo vale el maíz?
Si le dicen bajo precio...
Ja, ja, ja, dice : A Dios gracias,
yo a ese precio no lo vendo,
en fin éste en nada piensa,
sino es en aumentar su talego,
para que triunfen mañana
con ello sus herederos.
Seguiré con Don Juan Antonio
Mestas Cossío y Mogrovejo,
gallito astuto y mañoso,
muy atento a su provecho,
tanto que con sus comuñas
va infeccionando el consejo,
que ha de costarle algún día
otro riguroso pleito.
También sabe hacer embudos,
cuando va al ayuntamiento,
el día que dan de varas,
está ya tan diestro en eso
que hace juez a gusto suyo,
sea en concordia o en sorteo,
y todos los demás cargos
a su arbitrio va poniendo,
algunos conozco yo que
han sido jueces a dedo.
Pero dejando esto aparte,
es muy prudente y atento,
amigo de sus amigos,
cortés, advertido y cuerdo,
hombre de bien en su casa,
y en la ajena no es molesto,
ha sido afable y honrado,
hombre de bien por entero,
amigo de hacer favores,
pues, como dice el proverbio,
tanto tienes, tanto vales,
y así es ni más ni menos.
En fin, tiene muchos medios,
que es lo más y lo mejor.
Ahora viene el mejor gallo,
mañoso, prudente y cuerdo ;
que si tuviera espolones
y treinta años menos,
a todos gallaría.
Pero el pobre está ya viejo,
medio ciego y alcanzado,
que es su mayor sentimiento.
Ha sido amable y honrado
hombre de bien por entero
sabe bien lo que pierde,
sabía gallar con acierto,
sabe repartir de modo
que todos queden contentos.
Hacerse supo un lugar,
entre propios y extraños,
granjeó sin ser mayorazgo
honra, estimación y crédito,
éste es Don Fernando Antonio
de Mestas Cossío,
aunque nombrado supuesto,
porque lo dicho bastará
para saber que es él mismo
al que me vengo refiriendo.
Más arriba de su casa,
pegado pared por medio,
se nos va proporcionando
otro nuevo caballero,
que lo estiman los señores
porque le huelen dinero.
Por delante es Don Antonio
y por detrás Antonio Prieto,
como es todavía pito
recién salido del huevo,
no le han salido espolones,
ya le saldrán con el tiempo.
Al fin tuvo habilidad
de casar en Mogrovejo.
En la Gran Torre de Mestas
vive un ilustre pigmeo,
gigante en tierra de enanos
y alacrán de todos ellos,
que lo traen por deporte
en las fiestas y bureos.
Su tío le llama Esquilo y
tiene otro apodo que no cuento,
él no es carne ni pescado,
pero es pulga por lo menos.
Esta no puede gallar,
que es gallo de poco pelo,
y todos pueden con él
y no le guardan respeto.
Ahora por ser coadjutor
de su tío el estanquero
le miran medio así,
ni muy tuerto ni derecho.
Vamos al lugar de Poo,
aquí poco me detengo,
porque son sus moradores
tan cortesanos y atentos
que se me rallan las tripas
al ver tantos cumplimientos.
Cortesías con los pies,
con la cabeza y los dedos,
por delante y por detrás,
de soslayo y de travieso,
con las monteras quitadas,
caravanas y voleos,
los semblantes muy alegres
pero muy doblado el pecho.
Aquí gallo no hay ninguno,
porque bien se gallan ellos.
Boquirrubios, presumidos,
mendaces y circunspectos,
altivos y linajudos
no gastarán un medio
con nadie, ni nadie sabe
dónde tienen el cellero.
Cuando van a la Marina
entran de noche en el pueblo
para que no se les pierda
la porquería del crédito.
Si hay ventana o corredor
todo el año se están viendo
las riestras desde allá fuera
y entrando no hay más que aquello.
En Carreña no hay que hacer,
si no es Don Manuel, que a tiempo
da por allí sus oleadas
y le dan algún respeto
los que le llevan sus jazas,
los otros por cumplimiento.
Éste me ha de perdonar
porque yo ya estoy resuelto
a decir lo que supiere
de grandes y de pequeños,
y no quisiera agraviarle
pero no tiene remedio.
En fin, lo peor que tiene
es vender fuera de precio
sus granos a desvalidos ;
no le envidio su ministerio.
Si ha habido buenos calzones
en este mísero pueblo
vayan a verlo a la iglesia,
mas al fin dejemos eso,
que no soy de este lugar
vecino, ni pienso serlo,
y con razón me dirán :
¿A ti quién te mete en eso?
Yo por caridad lo digo,
respondo porque estoy viendo
que no lo hacen muy bien
los hijos que están bien puestos.
No hay luminaria, ni ropa
aunque se ofrezca un entierro.
Uno que estaba mirando
cuando yo estaba escribiendo
me dijo : ¡Extraño mucho
que sea la causa de esto
Don Manuel de la Bárcena Argüelles,
siendo tan caballero,
tan prudente y tan capaz,
tan cristiano y limosnero,
tan generoso y afable,
tan tarantán y tan bueno!
Yo le respondo : Amigo,
qué sé yo, allá sus abuelos
se lo habrán dejado así
y el quiere seguir tras ellos.
Pero los tales vecinos
son unos grandes jumentos
porque no les falta más
que ponerles aparejos.
En la Llana hay una gallina,
no tiene pluma ni pelo,
metido allá en su rincón,
en su negocio y provecho,
y en muriendo el capellán,
Resquiat In Pace aquello.
Para subir hasta Asiego,
¡válgame Jesús, ya tiemblo!,
porque voy a pasearme,
no entre jardines amenos,
sino en unos andurriales
y entre hombres tan perversos
que parecen abortados
de los profundos infiernos.
En fin, son como se crían
en tan infame terreno,
porque no hay duda, señores,
de que es de una pieza el suelo,
cadoviales, tanoviales,
argomales y brezos,
ésas son las producciones
de tan mísero terreno.
Sus cimientos son tan firmes
que si viene un calderero
no halla dónde hincar el yunque,
y se suele volver por eso
sin remendar cosa alguna
que toque a su ministerio.
No hallan dónde escarbar,
ni ellos tienen más comercio
que la llave del corral,
que es afán de majaderos,
ellos todos son iguales
y del color del terreno,
negrellines, cepellines,
mezquellines, y no quiero
decirlo todo, porque...
si me cogen, ¡válgame el cielo!,
me llevarán al corral
y el salir cuesta dinero,
porque jamás aquí ha faltado,
según dicen los más viejos,
un encorralador,
una puta y un ladrón
y un hombre de bien
entre ellos.
Los de Inguanzo son llambriones,
troneros y vocingleros,
ladran mucho y muerden poco,
son toscos y mal honestos,
De aquestos hay unos pocos
en el inmediato pueblo
del Través, por su desgracia
castigo del Ser Supremo,
éstos tienen por Apolo
un gallipavazo fiero,
cara de león de piedra,
narices de gato viejo,
que de verlo solamente
infunde terror y miedo
a cuatro pobres palurdos
que trata con tal desprecio
que parecen sus esclavos
según los tiene sujetos.
Que, cuando no los oye, gritan,
braman y murmuran recio,
pero viéndolo parecen
escolares con el maestro,
ellos, en viéndole agrado,
le huelen los gregüescos,
si alguna vez estornuda,
por detrás ellos atentos,
con la montera quitada, dicen :
"Dios le ayude a usted",
con muchísimo respeto.
Él es un león con uñas,
un tigre, un rico avariento,
mucha envidia y ambición,
mala entraña y peor pecho,
no tiene ningún vecino
que diga que en esto miento ;
cuando guardaba las vacas
no alzaba tanto el pescuezo,
que le iba por la ruin camisa
un piojo como un rezno.
Éste es Toribio Bernardo,
animal de grandes gestos,
planeta de sus vecinos
y grandes girasol de aquellos
que necesitan sus jazas
y de otros que le echan incienso,
soplones aduladores,
besaculos y embusteros,
que le festejan y adoran
como perrillos falderos.
Solos no pueden comprar
una casa, cuyos dueños
la suben como la espuma,
que es su mayor sentimiento,
con que les quiebren los ojos
de envidia y fino veneno ;
de este contagio me libre
el autor del Universo,
en este pueblo distingo,
libres de todos estos defectos,
una, dos o tres familias,
que no son capaces de ello,
los Alonso, los Inguanzo,
y, entre ellos, algunos Huerdo,
éstos nunca sucumbieron
y por lo tanto confieso
que no hablo con pasión,
pues no soy pariente
ni me mezclo entre ellos.
Pasemos hacia Berodia,
donde no seré molesto
que ya dejó el gallo
mencionado en otro pueblo.
Sus vecinos son altivos,
tenorios y cotorreros,
levantados de capote
ego sum y tente perro,
fanfarrones y flautistas,
mucha bulla y cacareo,
muy fachendosos y filosofones,
de fachada hacer que hacemos.
En fin, todos son iguales,
pardo, blanco, malo y bueno,
en su casa son honrados,
pero cobran bien y presto.
Hay Blancos y no son Blancos,
hay Prietos y no son Prietos,
pues su esclarecida estirpe
en los años agareños
ha producido hombres grandes
y de honores tan sin cuento.
Lloran con harta razón
la desgracia que tuvieron
los vecinos de Berodia
y de todo este consejo
de haber perdido hace tiempo
un terrible literato,
un sin límites talento,
que deben de llorar siempre
la familia de los Prietos.
En mi apoyo busco y llamo
este Principado entero,
aunque tiene sus cenizas
dígalo la Gran Toledo.
Dejaré estas reflexiones
que en lugar de hacer provecho
causarán melancolía
a los más duros y tiernos ;
mas concluyo con decir
que, aunque bajo de este pueblo,
ya dejo mencionado su gallo,
procedí algo indiscreto,
lo mismo confío y digo
no acomodo, ni aun pretendo
que quede en nada agraviado,
porque este gran caballero,
por su estirpe y bondad,
su gran cuna y su talento,
no debe ser incluido
con estos otros galluelos,
pues no hay duda que esta casa
y sus venerables dueños
es amparo de los pobres,
su refugio y su consuelo.
Por las letras, por las armas,
y por todos los ministerios
han prestado a la nación
servicios, honra y provecho.
Así ha sido y será
en los siglos venideros,
como demuestra la fama,
sus honores tan sin cuento,
Dios proteja a esta familia
de tan nobles sentimientos.
El número de vecinos
que componen este pueblo
son atentos, son honrados,
son felices y son buenos,
y aunque este apellido
tiene su nido en Asiego,
en Asiego es apellido,
pero fáltales el serlo,
y los Buenos de Berodia
no es apellido, por cierto,
pero llámanlos así
porque tienen buenos hechos.
No me mueve el interés,
ni tampoco el parentesco,
porque mi primera cuna
no fue en este concejo.
Ignoro dónde nací,
yo siempre soy forastero,
pero conozco a las gentes,
sus costumbres y sus hechos,
de cuando fui militar
trepante de aquellos cerros.
Las parroquias de Puertas,
Ortiguero y Pandiello,
Canales y la Molina,
y demás barrios anejos
son los que siguen ahora.
Dios ponga en mis manos tiento,
Santa Bárbara Bendita,
Santa Tecla y San Anselmo,
porque voy a encandilar
al ver tanto lucimiento,
tantas obras pías nuevas,
tantas calles y argumentos,
de boca de los demás
será cuando sea tiempo,
tanta mantillina blanca,
tanta red y taconeo,
tanto dengue y guardapié,
tanto perendengue y vuelo,
tanto pico de montera,
tanto casco de viento,
tanto aceitero borracho,
tanto ladrón putañero,
tanto pollo en un maniego,
tanta mujer deshonesta,
tanto comer de borona,
canecida ya en la cesta,
que mal se aviene con esto,
y les pudiera sobrar
casi, si lucieran menos,
tanto flequillo en la frente
con un moño en el cogote
que parece un nabo viejo,
de manera que los pobres
tienen que cortase el pelo.
Ellas son muy repulidas,
ellos grandísimos puercos,
ellas son unas raleas,
ellos unos juanes buenos,
ellas son muy íntimas,
que saben con buen afecto
dar a cada uno lo suyo,
que es propiedad de discretos,
ellos todos son iguales,
sobre poco más o menos,
que los que son grandes
se igualan con los pequeños
y no reparan en nada,
hacen bien, bien hayan ellos.
No hay en toda la parroquia
gallo grande o pequeño
con que dieron fin los gallos
que gobiernan el concejo
a los que lo desgobiernan
según lo que estamos viendo.
Está este lugar de Puertas
en una disposición
dividido en partidos
que no sé cuál
será su unión.
Salió del lugar de Puertas
un pajarillo jilguero
del tamaño de una pulga
que remontó el vuelo,
y a México fue a parar
ignoramos en qué oficio
se hizo de algunos pesos.
Ellos bien o mal ganados
regresó a España con ellos,
establecióse en Sevilla,
y desde allí volvió a los puertos.
Es de notar que este gallo,
pues así lo llamaremos,
que en ciertas conversaciones
observé, ¡válgame el cielo!,
que ha usurpado un apellido
de los más sanos y buenos,
de las ramas más famosas
que hay en este consejo.
Ese tal, Don Bernardino,
es Díaz, yo lo confieso,
pero ¿por qué dice Inguanzo
y usurpa sin miramientos
este famoso apellido
a sus verdaderos dueños?
Si es Tarano teleñón,
conténtese con el Díaz
y no quiera más trofeos.
Puede que quiera cruzarse
a la fuerza de tantos pesos,
mas yo le prometo y juro
que si algunos herederos
que ostentan este apellido
viven y no mueren luego
no se cruzara jamás
ningún Tarano teleño.
Pero si acaso algún día
llegase a verlo, en mis manos
yo le contaría un cuento
en los venideros tiempos.
Mas ¿por qué no metí aquí
los lugares de los Puertos?
Respondo : Porque no hay gallo,
ni sé decir mal de ellos,
porque nunca estuve allá,
pero sé que son buenos,
muy astutos y sagaces,
muy hábiles y muy discretos.
Con su queso y su manteca
ganan cualquier pleito,
aunque por eso no dejan
de ser grandísimos puercos
en esto de la limpieza
de la manteca y el queso.
Ya doy fin a mi arenga,
perdónenme los molestos,
que yo también perdono
lo que de mí están diciendo,
y ustedes, señores gallos,
no sean tan majaderos,
ni presuman de señores,
que el que más se precia de esto
no tiene nunca en su bolsa
con qué mandar rezar un ciego.
Luego... ¿qué señores son
sin rentas y sin dinero?
Si son unos pobres diablos,
que sudando y atendiendo
a la labor y ganados
cogerán si el año es bueno
cuatro celemines de maíz
y chichos para un puchero,
y poco pan para sopas,
gastando con mucho tiento
que no hay para gollerías
ni para enseñoramientos.
Y ved, amigos, que va
mi musa enronqueciendo ;
mucho que decir tenía,
pero... ¡ah! Adiós, que yo no quiero
apretar más las clavijas,
para otra vez los espero ;
si sé que hablan de mí
han de llevar pan de perro,
pues lo que yo digo aquí
bien saben que todo es cierto ;
pero lo que de mí han dicho
es todo falso y enredos,
y así recíprocamente.
Chitón, callen y callemos,
para los señores curas
una loa quedo haciendo,
porque han dicho algo de mí,
pues yo diré poco y bueno
dejándolos con su crédito.
Cesaremos por ahora,
dejando el proceso abierto,
con intención de acabarlo
y echarlo a la imprenta luego.
Dispénseme todo el mundo
por estos toscos renglones,
pero si alguno se quema
no se llegue a los tizones.
Señores, es mi escritura
tan cándida y tan sencilla
que bien quisiera poner
aquí alguna maravilla.