4 de Setiembre de 1886
(...) Para ver, aunque sea a carrera de galgo, a toda Peñamellera, y por si no tenemos ocasión de visitar de nuevo esta accidentada y pintoresca tierra, tenemos la humorada de subir al pueblo de Oceño, el más alto del Concejo, el que desde su situación a la ladera Norte de elevada montaña nos brinda con su hospedaje. Se atribuye a Oceño origen celta, y acaso no vayan descaminados quienes así discurren, porque en sus cercanías se han encontrado hachas de piedra y otros objetos de uso entre los pertenecientes a aquella primitiva raza. Lo más notable en Oceño es su queso, idéntico al de los puertos de Cabrales con quienes tiene mancomunidad de pastos.
Al sur de la montaña en que se halla Oceño se nos presenta la antiquísima Villa de Tresviso, situada sobre una roca altiva y arrogante actitud, como que es sultana de aquel intrincado laberinto de montañas que la rodean. Apenas tiene 40 vecinos y constituye Ayuntamiento, y en sus términos se hallan las ricas minas de calamina y otros metales, más conocidas por minas de los Picos de Europa, en franca y abundante explotación.
Comprendemos la Villa de Tresviso en nuestra rápida marcha, porque en el año de 1820 se agregó a Asturias, de la que fue definitivamente segregada en la división territorial que se hizo en 1834, no obstante, todavía hoy, corresponde al obispado de Oviedo.
Molidos de tanto andar, ansiosos y necesitados de descanso, le encontramos en Arenas de Cabrales en cuyo Concejo penetramos por la carretera que desde Trescares se halla, gracias a Dios expedita.
18 de Setiembre 1886
Con la benevolencia y siempre agradable compañía de los lectores de El Oriente hemos llegado en nuestra variada correría al Concejo más elevado de los que constituyen el partido judicial de Llanes.
Estamos en Cabrales, y hacemos cuartel general en Arenas, que es el mejor de sus pueblos. Situado Arenas, al extremo oriental de Cabrales, en suelo llano y fértil, con buen caserío; calles ordenadas y población bastante numerosa, debiera ser sin género de dudas, por sus especiales condiciones, la capital, para lo que Carreña solo tiene sobre Arenas la ventaja de ser algo más céntrica, por más que la diferencia que para el objeto existe entre una y otra es bien pequeña.
En sus habitantes, como en todos los de Cabrales, se advierten los rasgos característicos de la raza céltica, que fue la primera que debió poblar sus altas cumbres y de la que se encuentran a menudo vestigios de su industria y de su civilización. Hachas de bronce y cobre, puntas de flechas aparecen con frecuencia en los puertos de Arenas, llamando los naturales, en su sencillez y superstición, a las primeras, cruces de rayo, las que tienen en grande estima, creyéndolas el vulgo de las gentes, con virtud bastante para ahuyentar las nubes y conjurar las tormentas.
En Arenas, como en toda la zona oriente de esta provincia, abundan la calamina, el plomo y otros metales, embarcándose los que se explotan, en el puerto de Ribadesella, con rumbo al extranjero. Llama en Arenas la atención de todo forastero el baile del corri-corri, peculiar y exclusivo de ese pueblo y distinto de todos los bailes de este país. Al monótono son del pandorio, término medio entre la pandereta árabe y el tamboril vasco, se coloca un hombre delante de varias jóvenes a quienes dirige: ellas, mostrando desdeñarle, huyen, él las persigue, y ya cansado, las deja; viéndose las jóvenes abandonadas, vuelven en busca del galán, a quien alcanzan en su huida en el mismo sitio donde el baile comenzó. Preceden a estas agitadas carreras ceremoniosos saludos que ellas reciben del mancebo con las mayores muestras de rubor, y giros originalísimos que revelan destreza y agilidad, reflejándose en todas las manifestaciones de esta expansión popular el más profundo respeto, rayando en religiosa veneración, hacia la mujer, fuente peremne de ventura en la vida, la que dulcifica y hace al hombre soportable, en las asperezas con que tropieza, durante su peregrinación por el mundo.
Testigo mudo de la constancia y valor de los astures en la guerra de la Independencia española, es en el puerto de Arenas, Loma del Toro, una profunda sima conocida con el lúgubre nombre de Cueva de los Huesos, depósito de restos humanos, de desgraciados soldados de Napoleón I, sacrificados por los cabraliegos durante la gloriosa resurrección de nuestra indomable raza, en los primeros años de la presente centuria, luchando con denodado esfuerzo, y venciendo no se sabe como, las aguerridas y jactanciosas legiones, cansadas de pasear por toda Europa sus victoriosas enseñas que el Atila del siglo décimo-nono, destinaba a enseñorearse de nuestra abandonada nación.
Dio este pueblo a la patria hombres ilustres por su valor y por su saber, y a la iglesia católica santos mártires. Entre estos sabemos del franciscano Gómez de Mestas, muerto en opinión de santo el día 7 de noviembre de 1627, en la ciudad de Puebla de los Ángeles, y del misionero Pedro Suárez Guerra, que murió traspasado de saetas por los indios. Fue notable D. Francisco de Mier y Campillo, Obispo de Almería, último inquisidor general en España, gran protector de sus paisanos y poseedor del vínculo llamado de La Papera, en cuya casa nació la señora madre del actual Conde de Mendoza Cortina. Mier y Campillo poseía a la vez varios vínculos en Peñamellera y Pendueles lo cual no le impidió entregarse con decisión al estudio, sobresaliendo por los profundos conocimientos que tenía, especialmente en las ciencias eclesiásticas.
Conócese en Cabrales, con el nombre de Trova, un antiguo romance popular que, si bien de escaso mérito literario, es muy estimado por las noticias que da acerca del país. La Trova asigna a la casa de Mier más antigüedad que a ninguna otra de Cabrales, y sin que sepamos si produjo o no en lo antiguo hombre de mérito, es lo cierto que de esa progenie brillaron a principios de este siglo D. Juan María Mier, hombre de claro entendimiento y vasta sabiduría, quien que entre otros elevados cargos desempeñó el de miembro de la Junta Central, y D. Pablo de Mier, hermano del anterior, bravo y esforzado Coronel durante la citada guerra de la Independencia.
Al Norte de Arenas, está el pueblo de Arangas con su antigua capilla de Collado-Huerdo, y al lado de ella su viejísimo tejo, sereno y callado testigo de los cambios y mudanzas verificados en Cabrales en el transcurso de media docena de centurias.
En términos de Arangas, sitio de La Mojosa, mezclan y confunden sus frescas y cristalinas aguas el Cares, hijo de los picos más altos de Cabrales, nacido en el puerto de Remoña, entre Asturias, Santander y León y, el Casaño, asturiano rancio, como que se presenta a la vista en la fuente Casaño que alumbrando en los puertos de Onís atraviesa los montes de su nombre, faldea la sierra de Berodia y deslizándose mansamente por Carreña y Póo pierde fuera de Arenas su apelativo y entrega al Cares, en el sitio ya señalado, todo cuanto es y vale.
Cerca de la Morjosa se presenta a nuestra vista modesto puente de piedra volado sobre el Cares, es Poncebos que atravesamos sin vacilar porque tan grande se ofrece allí la naturaleza que nos atrae como atrae el precipicio sin pensar en la efímera vida. Pero nueva dificultad; pasamos a Poncebos y dos sendas que ambas conducen a los puertos, aunque a pueblos distintos, nos detienen breves instantes hasta que sin explicarnos la causa tomamos a la derecha sin perder la esperanza de recorrer la izquierda. Nada más imponente para quien no tenga costumbre de andar por despeñaderos que esas ascensiones a las montañas; cada paso es un peligro, aumenta a medida que se avanza en la subida. Para contemplar las rudas peñas que dejamos a la espalda, abordar las que aún tenemos delante, escuchar los roncos quejidos que el Cares exhala, al precipitarse de roca en roca, dar descanso a los fatigados pulmones y al sistema muscular, hay que tomar asiento a menudo, porque aun queda mucho que subir. Ya en la cumbre el primer grupo de población que se divisa es Camarmeña, en el centro de verde valle; de corto vecindario de pobre caserío, tiene no obstante Camarmeña, su encanto, ¿y no lo va a tener encontrarse a mil metros de altura o más sobre el nivel del mar, entre gente sencilla aunque no escasa de ingenio, cuya ocupación principal, como la de los personajes bíblicos, es el cuidado de sus rebaños, sin ambiciones de brillo ni de gloria? ¿No tiene sus puntos de seductor verse en el medio del monte sin oír otros ruidos que el canto ya alegre, ya quejumbroso, de las aves, la triste y melancólica canción de enamorada pastora, o el penetrante silbido del pastor que quiere llevar sus ganados al aprisco, lejos de tinta y papeles, de libros y procesos, de antiguos importunos o de enemigos que le acechan sin pensar en otra cosa que en la conversación de si mismo y sin más ocupación que contemplar el alma a sus anchas, la grandiosidad de los peñascos y la azulada cúpula que corona el inmenso edificio de la creación? Muy bello es todo esto que a cada paso se encuentra en las cumbres que bordean el concejo de Cabrales, pero dicho sea en honor de la verdad, tanta belleza cansa pronto; es para ser disfrutada por poco tiempo, y en medio de solitario retiro siente uno luego el deseo de volver a sus hábitos, a su vida monótona, al hogar, a los amigos, a las acechanzas del enemigo, al mundo social, en una palabra con todos sus defectos y contrariedades.
Advertidos ahora de que perdimos la ruta, volando más de la cuenta, tornamos a Camarmeña, que en medio de su pobreza, contiene algo notable. Lo son por su antigüedad la campana de San Julián, que no es obra de fundición y sí hecha a martillo, a pura forja y de piezas claveteadas; un misal de góticos caracteres, todo él de pergamino, y el altar de su iglesia, cuya parte superior le forma una sola piedra. ¡Bonito ejemplares estos para un anticuario!
A poca distancia de Camarmeña se ven las ruinas de vetusta capilla; fue San Julian de Culiembro, parroquia de Bulnes y Camarmeña, y en ella, según tradición, se halla enterado un obispo, que sirvió esta parroquia, lo cual de ser cierto, es probable que haya ocurrido poco después de la derrota de Guadalete, pues muchos debieron ser los próceres civiles y eclesiásticos que entonces se acogieron a la esperanza de nuestras montañas, único medio de librarse de la ferocidad de los invasores. Al sur de Camarmeña está el pueblecito de Bulnes, rodeado como aquel, de gigantes de roca y habitado también por sencillos pastores. Tiene Bulnes una patena tan sumamente gastada por el uso, que parece un papel. ¡Cuanta no será su antigüedad!, y hay allí restos de un castillo o torre construido al parecer, en tiempo en que no era conocida la calcinación de la piedra. Todo en él indica que para hacer el mortero de construcción, en vez de calcinarse la piedra, se pulverizó.
Es grandioso al Sur de este pueblo el Naranjo de Bulnes, escarpada roca, en forma, como su nombre lo dice, de naranjo con una altura sobre el nivel del mar de dos mil trescientos ochenta metros.
Cruzando montes y valles en dirección al Sur damos en Sotres, otro pueblo de los puertos de Cabrales, el de más vecindario acaso. Tres fueron los primeros pobladores de Sotres, cuenta la tradición. Son tres, y de aquí la formación de Sotres, nombre del pueblo en que nos hallamos.
En todos los pueblos hay identidad de usos, de costumbres y ocupaciones, y en todos se encuentra algo que admirar.
En la iglesia de Sotres hay una cruz de metal hecha a forja, y un altar portátil, que cerrado, presenta forma de un libro.
Al Norte de Sotres se halla Tielve que, con los anteriores, constituyen los cuatro pueblos de los puertos de Cabrales, conocidos en toda España, y fuera de ella por su famoso queso que se llama queso de Cabrales.
Este queso, excitante en alto grado y poderoso digestivo en pequeña cantidad, tiene muchos puntos de semejanza con el Rochefort, y hay quien le considera superior a este.
La industria del queso, que hoy se exporta en gran cantidad a la América Española, además de lo mucho que se consume por acá, y la ganadería, son los únicos medios de vida que estos pueblos disfrutan, muy contentos y satisfechos en sus soledades si consiguen vender a buen precio, cosa frecuente, sus productos, con cuyo importe, y el de la manteca de vaca que extraen en buena cantidad, se proveen de los granos necesarios para su alimento y de otros artículos que les niega la crudeza del clima en que viven.
Descendiendo de Sotres por entre riscos y precipicios, llegamos a la senda izquierda de Poncebos, antes mencionada, replegándonos a Arenas después de dos días de no interrumpido caminar, muy molidos, eso sí, pero muy satisfechos por haber visitado tanta la grandeza como la Naturaleza allí muestra, y porque nos encontramos con amigos francos, leales y cariñosos, sintiendo esa buena gente no tener otras cosas que ofrecernos y con qué obsequiarnos que su pobreza, y lo que allí se encuentra siempre, como ellos dicen, con una güena voluntad.
2 de Octubre 1886
Todavía estamos en Arenas en Cabrales, y, aunque el tiempo avanza, detienenos aquí la exigencia de muy bondadosos amigos. Con tal motivo hubimos de tratar a la mayor parte de sus honrados vecinos, y de ellos recibimos tales muestras de estimación y aprecio que faltaríamos a las reglas más elementales de cortesía si no les diéramos hoy públicos testimonio de gratitud, que durarán durante, no lo duden, cuanto dure la vida.
De Arenas, que es curato patrimonial de sus hijos pilongos, y se llamaba Abadía de Llas, arranca la famosa Calzada de Caoro que muchos tienen por calzada romana. Dirígese desde Arenas ese antiquísimo camino de Sotres, a los campos de Aliva, o por otro nombre, de la Reina y Espinama de Liébana, desde cuyo último punto se divide en dos líneas, una que entra en la provincia de León, por Valdeón, y otra, que atravesando la Liébana, pasa a la de Palencia por Cervera del río Pisuerga. A estos caminos se les llamó de muy antiguo militares y estratégicos, y han servido para comunicarse Asturias por ellos con dichas provincias y por los mismos hizo una admirable y atrevida marcha en 1810, el general Porlier, quien habiendo desembarcado con 800 hombres en Cuevas del Mar, emprendió la ascensión a Cabrales provisto de gran impedimenta y, pasó a Liébana, por la Calzada de Caoro con todo su ejército y convoy.
A corta distancia de Arenas, en dirección al Oeste, cruzamos el pueblecillo de Póo, situado a la margen derecha del Casaño, en suelo llano, y creemos, por lo tanto, expuesto a ser inundado en las crecidas del río. Póo de Cabrales, como otros muchos pueblos del partido judicial de Llanes y del de Cangas de Onís, es curato de presentación del Conde de la Vega del Sella. Es en Póo notable por sus dimensiones la casa palacio de los Pérez de Bulnes que con los bienes a ella anejos poseyó con carácter vincular D. Pedro Inguanzo Porres, vecino de esta Villa y primer Marqués de los Altares.
Caminando a orillas del Casaño se llega pronto a la Villa de Carreña, capital del Concejo en que estamos; de pobre caserío situado en terreno desigual y entre elevados montes, diseminado su vecindario en diferentes barrios, nada justifica que sea la capital del Concejo, hoy menos que antes, porque la carretera en construcción pasa de Arenas, llegando a los límites orientales del municipio. El señor Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España, asegura que una antiquísima casa existente en Carreña y en su barrio de la Ría, fue la solariega y primera, de consiguiente, que habitó la antigua familia de los Noriegas. Aunque nosotros vivíamos en la creencia que los Noriegas eran oriundos del valle de Ribadedeva, y así lo manifestamos en una de las anteriores Jornadas, no hemos de discutir este punto que, en realidad debieran procurar esclarecer los interesados que con tal apellido se honran; mas sea de ello lo que quiera, si es muy cierto que el apellido Noriega, abunda en Cabrales, tanto como en Ribadedeva, sin que tampoco escasee en Llanes y pueblos inmediatos.
En tiempos más próximos, que no por eso dejan de ser viejos para nosotros, era en Carreña familia muy principal la de los González de Huerdo, uno de cuyos individuos, D. Toribio, fue nombrado por el Rey D. Felipe IV, en el año 1625, Regidor perpetuo de la Villa y Concejo de Cabrales.
Radica también en Carreña la familia de Bárcena, de cuyo tronco brillaron en el presente siglo ilustres descendientes. Fue de estos, D. Pedro de la Bárcena y Valdivieso, Capitán del provincial de Oviedo al estallar la guerra de la Independencia. Teniente Coronel de los regimientos de Candás y Luanco, Y Coronel de Fernando VII, en pocos días la junta suprema del Principado le nombró Brigadier en junio de 1808. No es ocasión oportuna de hacer la biografía de este bravo militar, limitandonos a dejar consignado que comenzó y concluyó con lauro la citada guerra. Valiente, sufrido, pundonoroso, entendido en la dirección y sereno en la pelea, dio con otros muchos héroes, días de gloria a su patria. Concluida la guerra y ya obtenida la alta graduación de Teniente General, fue en tiempo del Rey Fernando director de milicias provinciales. Murió este eminente cabraliego apenas comenzaba la guerra civil y sin darle tiempo a que su ánimo se entristeciera al ver cuán despiadadamente se destrozaron durante siete años los hijos de una misma patria. Un hermano suyo fue monje benedictino en San Salvador de Celorio.
Hijos de D. Pedro de la Bárcena fueron D. Pedro Alejandro y D. Ramón de la Bárcena y Ponte, militares como su padre, y como él, entendidos y esforzados. Sirvió el primero en la Guardia Real provincial, fue Coronel del provincial de Oviedo, distinguiéndose por su arrojo durante la guerra civil y muy especialmente en la Batalla de Ramales, sobre cuyo campo de batalla fue nombrado por el General Espartero Coronel de Infantería. Al crearse la Guardia Civil se le confirió la Comandancia del Tercio de Castilla la Vieja y ascendido a Mariscal de Campo se le nombró Capitán General de Canarias en el año 1865; fue diputado a Cortes en los Constituyentes de 1836 al 37; murió, si mal no recuerdo, en el año 1874 en su casa del Collado, en Peñamellera.
Amante de su país D. Pedro Alejandro, encargó a un entendido ingeniero, su amigo, que examinara el canal de Trea en tiempo que se trataba de comunicar Asturias con Castilla, por medio de una vía férrea, y por tan competente autoridad supo que era ese uno de los mejores puntos de la alta y prolongada cordillera que separa Castilla de Asturias, para dar entrada a esta provincia al ferrocarril, oponiendo solamente que las gargantas formadas por las montañas ofrecían poco desarrollo, inconveniente que podría salvarse con facilidad. Pero ni esa ni otras observaciones que entonces se hicieron, pudieron cosa alguna ante la actitud absorbente y resuelta de Oviedo y Gijón. Hoy asturias ya tiene ferrocarril, pero gracias a esas dos poblaciones, solo presta beneficios a los pueblos situados entre las diez o doce leguas que atraviesa; pero en cambio, y sin tener en cuenta muchos millones que han costado tiene la ventaja de ofrecer un peligro permanente.
D. Ramón de la Bárcena, hermano segundo del anterior, persona de estimables prendas de carácter y militar de gran corazón, hizo como su hermano la Guerra Civil.
Hallándose en 1843, de guarnición en Barcelona, al frente de un batallón del Regimiento de Saboya, asuntos de familia le indujeron a pedir el retiro, que ya tenía concedido, cuando se pronunció la Junta central. Por delicadeza, e impulsado del honor militar, se viste el uniforme, sale a ponerse a las órdenes del Capitán General, y atravesando una de las calles de la Ciudad Condal, muere víctima de las iras populares aplastado por un mueble arrojado de una casa.
Es saliendo de Carreña uno de los primeros pueblos que se encuentran, Inguanzo, de corto vecindario como todos los de Cabrales, y en él existe la anomalía de pertenecer en lo espiritual, por mitad a las parroquias de Carreña, y Berodia. En Inguanzo nació, durante el primer tercio del siglo pasado, D. Pedro de Alonso Díaz; caballero de la orden de Alcántara. Administrador general de la cruzada, primer Marqués de Santa Cruz de Inguanzo, vecino y gran propietario que fue en Méjico, a él pertenecía la gran hacienda llamada de Calderón, en Cuernavaca de Méjico, y a sus expensas se edificó en 1780 la iglesia filial de su pueblo nativo. Murió sin descendencia. El sucesor en el marquesado de Santa Cruz de Inguanzo, D. José Ibáñez, aunque oriundo de Asiego por línea paterna, y de Pendueles por la materna, nació y estuvo avecindado en Sevilla, fue diputado a Cortes, director y propietario del renombrado periódico titulado El Pensamiento Español, redactado por escritores tan distinguidos como Navarro Villoslada, Tejado, Garrido y otros de reconocida fama, quienes recibían inspiraciones del Marqués de Miraflores, y de D. Cándido Nocedal.
Fue patria Inguanzo de D. Cándido Pérez Posada, llamado El Licenciado de las Tres PP, distinguido abogado que falleció en los primeros años de este siglo, y en Inguanzo nació D. Joaquín Alonso, quien siendo modesto Teniente del Ejército fue herido y prisionero de los franceses en la acción de Cangas de Tineo, y condenado a vivir durante varios años en el extranjero suelo, mientras sus hermanos luchaban con pasmosa tenacidad por arrojar del país a los mismos que le tenían encarcelado.
Del seno de nuestra patria brotaban durante la guerra de la Independencia, tantas veces citada, héroes sin cuento; de muchos nos habla la historia, de no pocos calla sus nombres, aunque no por eso sean menos dignos de pasar a la posteridad, siquiera no hayan salido de la humilde esfera de simples soldados. A estos perteneció Fernando Alonso, natural de Inguanzo, infatigable soldado en toda la guerra de la Independencia, hallándose y distinguiéndose el día 31 de agosto de 1813 en la memorable batalla de San Marcial. La valentía, arrojo y serenidad que demostró ese día el 4.º ejército español, compuesto en su mayor parte de asturianos y gallegos mandados por D. Manuel Freire, inspiró al generalísimo inglés Lord Wellington la proclama que a continuación transcribimos con orgullo.
Guerreros del mundo civilizado, aprended a serlo de los individuos del 4.º ejército español que tengo la dicha de mandar. Cada uno de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño: el terror, la arrogancia, la serenidad y la muerte misma, de todo disponen a su arbitrio. Dos divisiones inglesas fueron testigos de este original y singularísimo combate, sin ayudarles en cosa alguna, por disposición mía, para que llevasen ellos solos una gloria que no tiene compañera en los anales de la historia. Españoles, dedicaos todos a premiar a los infatigables gallegos; distinguidos sean hasta el fin de los siglos por haber llevado su denuedo y bizarría a donde solo ellos mismos se podrán exceder, si acaso es posible. Nación española, la sangre vertida de tantos Cides victoriosos, 18.000 enemigos con una numerosa artillería desaparecieron como el humo para que no nos ofendan jamás. Franceses huid pues, o pedid que os dictemos leyes, porque el 4.º ejército va detrás de vosotros y de vuestros caudillos a enseñarles a ser soldados.
Fernando Alonso, que perteneció a este ejército de leones, tan recomendados a la patria por Wellington, murió a los noventa años de edad en su pueblo de Inguanzo, donde vivió concluida la guerra, sino en la indigencia, con la mayor estrechez. La patria no se acordó de él, nada le dio.
De Inguanzo fue también hijo benemérito D. Juan Alonso Huerdo, quien habiendo adquirido en Méjico muy buena fortuna compró la mencionada hacienda de Calderón, de la cual fue secuestrado en marzo de 1869, muriendo por consecuencia de ese hecho, soltero e intestado. Recordando a Inguanzo había dispuesto en vida fundar en él dos escuelas públicas para niños de ambos sexos, remitiendo al efecto, desde Méjico, siete mil pesos que se emplearon en comprar y reparar las casas y en valores públicos, los que producen hoy 10.000 reales de renta anual. A lo que parece se hallan sin proveer los cargos de maestros de esas escuelas con grave perjuicio de los vecinos de Inguanzo, y no dándose con ello cumplimiento a los deseos del generoso donante. Excitamos al celo de D. Vicente Alonso Simón, residente en Méjico, representante del abintestato y de los herederos de D. Juan Alonso, para que cumpla en todas sus partes los deseos de su generoso pariente, ya que ha vencido las principales dificultades que para el objeto se le presentaron, hábil y sabiamente dirigido por un distinguido llanisco cuyo nombre no necesitamos revelar.
Próximo a Inguanzo se halla el pueblo de Berodia, patria del sabio y virtuoso eclesiástico D. Fernando Prieto Mestas, de quien tuvo la honra de ocuparse El Oriente en el n.º 47 correspondiente al 20 de febrero último.
A Berodia, donde tienen considerable caudal, trasladaron su residencia los Bárcenas, y allí han vivido los esclarecidos miembros de esa familia que acabamos de nombrar. La iglesia de Berodia que hasta el año 1852 valía poco, hoy satisface cumplidamente las necesidades de la parroquia por haberse reedificado en ese año a expensas del Erario público, merced a las gestiones del infatigable y distinguido llanisco, muy querido amigo nuestro, Sr. D. José de Parres Piñera, oficial entonces del Ministerio de Gracia y Justicia. Con el tiempo tal vez se hayan olvidado este y otros importantes servicios que el Sr. Parres prestó desinteresadamente a su país, si así sucedió, no creemos se sienta por ello molestado, pues en medio de los desengaños y amarguras de la vida, al que ha obrado bien siempre le queda la satisfacción de sus actos, y al ingrato no han de fallarle momentos, en que las negras sombras del desvío acuda a su memoria y torturen su corazón.
Descendiendo de Berodia al pueblecillo de La Molina, bien conocido por el sabroso queso que elaboran sus habitantes, es aquí oportuno, para terminar, dejar consignado que, según el docto D. Aurelio Fernández Guerra, el río Casaño, La Molina y canal de Trea, en dirección a Caín y Posada de Valdeón constituyen la frontera oriental de los antiguos cántabros cóncanos, y, la occidental, de los cántabros selenos de cuyos primitivos pobladores de esta zona de Asturias se hizo ya mérito en una de las anteriores jornadas.
30 de Octubre de 1886
La pereza, causa de muchos males, con su hermana la ociosidad, fuente de no pocos vicios, y otras cosillas que yo me siento y callo porque nada interesan a la generalidad de los lectores, tienen la culpa de que no haya continuado sin intermisión la tarea que me propuse por lo cual se habrán dado por muy satisfechos los suscritores de El Oriente, porque así les di ocasión para saborear a su placer otros más amenos e instructivos escritos que vinieron a ocupar el espacio que dispensa el periódico a estas Pequeñas Jornadas; pero como en materia de gustos y predilecciones se ven las cosas más estupendas no falta por estos mundos quien le tenga tan extragado que lea, sino con interés, a lo menos por curiosidad, estas soserías, y, para los tales, allá va, a manera de entremés otra jornada.
Todavía permanecíamos en cabrales la última vez que comunicamos con el público, y en carales seguimos, si bien ya a campo traviesa, o, si se quiere por el Través, nombre que recibe (ignoro el motivo) la última comarca del expresado Concejo en la dirección que llevamos. Sus pueblos de Puertas, Pandiello, San Roque, Ortiguero, La Salce, y no se si algún otro, son ciertamente pobres en producciones, como todos los de montaña, pero sus habitantes son de acerado temple, laboriosos, sufridos, valientes y honrados. La lealtad se muestra luego en su áspera franqueza, y el ingenio más sutil pronto se descubre en ellos, a través de la capa rústica con que por punto general les cubre su falta de instrucción y su alejamiento de los grandes centros.
Puertas es patria del exministro de Hacienda Sr. Fernández Lazcoiti y del Alférez D. Miguel Borbolla, esforzado defensor de la Constitución de 1812, a cuyo restablecimiento en 1820, contribuyó en cuanto pudo. Ortiguero lo fue del anterior e ilustrado párroco de posada, D. Juan de alles Porrero.
En Pandiello nació el conocido industrial, vecino de Madrid y actualmente Diputado Provincial por uno de sus distritos, D. Ramón Rojo Alles, quien supo en fuerza de laboriosidad, perseverancia y honradez, crearse desahogada posición social y elevarse desde la más humilde cuna al rango en que hoy le vemos, lo cual sobremanera le enaltece. En Pandiello también nacieron tres héroes, simples soldados, si más, no por eso indignos de que hagamos de ellos mención. Fueron estos los hermanos Ignacio y Miguel Rojo Prieto y Toribio de Liébana, compañeros del infatigable, y ya citado en el anterior artículo, Fernando Alonso, a cuyo lado murieron gloriosamente en la batalla de San Marcial, derramando la última gota de sangre, y exhalando su postrer aliento en la sagrada defensa de la independencia de la Patria.
Llaman en Puertas la atención del viajero las ruinas de antiquísima torre, y más todavía, que se comuniquen esas ruinas con dos profundas cuevas conocidas con los nombres de los Canes y de La Mora.
En La primera alumbra una fuente cuyo ruido produce eco parecido al ladrido del perro, y por eso debió recibir el nombre que lleva. La otra fue objeto de fabulosas tradiciones que aún se conservan entre los naturales relacionados con la invasión y conquista de nuestra península por los árabes. Lo probable es que ese castillo, cuyas ruinas hoy vemos, se haya levantado hoy como punto de defensa en época remotísima, y que su comunicación con las antedichas cuevas, sirviera para proveer de bastimentos a sus defensores por ocultos caminos, y también para facilitarles la fuga si muy estrechados y apurados se vieran.
Quien vaya a Cabrales y le atraviese ya no se verá en precisión de pasar las peligrosas Estazadas. Este tránsito en el que tantos riesgo corría la vida del caminante, difícil a pie y poco menos a caballo, sin otras esperanzas, al más pequeño descuido, que ir rodando a las profundidades del Casaño, y ser arrastrado por sus corrientes, desapareció. Los Cabraliegos tienen ya carretera que cruza su Concejo, favor que nunca deberán olvidar a D. Servando Ruiz Gómez, por ser la persona que más directamente contribuyó a tan notable mejora; y si bien, por su parte oriental apenas rebasa los límites del Concejo, ofrece, por el lado opuesto fácil y cómoda salida a sus productos, comunicando directamente a Cabrales, con los Concejos de Onís y Cangas de Onís; por desgracia, aún no le sucede otro tanto con el de Llanes, lo cual sería altamente beneficioso para todos.
El Concejo de Cabrales, esencialmente agrícola, constituyendo su principal riqueza la ganadería y las industrias de esta derivadas, así lo comprendió desde muy antiguo, y con una constancia que justificaba bien el interés que tenía para los cabraliegos recabó en 20 de julio de 1670 Real privilegio declarando exentos de alcabalas, cientos y toda clase de derechos cuando vendiesen o comerciasen en los términos de su Concejo, y también las ventas, enajenaciones que de sus productos hicieron fuera de él, en otras jurisdicciones, pero este privilegio no fue acto de mera libertad por parte del rey D. Carlos II, y su madre, tutora y curadora Dña. María Ana de Austria que le concedieron, lejos de eso, fue debido a un concierto que tuvieron los cabraliegos con los Reyes mediante anticipo que les hicieron de considerables cantidades en metálico, y ciertas contribuciones fijas que anualmente se impusieron, privilegio que confirmaron los Reyes sucesivos y especialmente D. Carlos IV, por Real cédula de 30 de enero de 1792.
Esto prueba el celo e interés con que los cabraliegos han atendido y cuidado en estos tiempos a su mejoramiento y bienestar, enalteciendo su riqueza pecuaria. No sabemos si como privilegio adquirido a título oneroso, y obtenido a fuerza de considerables sacrificios, habrá merecido alguna compensación en la época presente, lo cual parece equitativo y justo; pero de cualquier manera, es importante, para los vecinos del Concejo, en que estamos, saber y conocer las tendencias de sus antecesores de dar importancia a los productos de su país, y los esfuerzos realizados para conseguirla. De ese mismo espíritu deben penetrarse las actuales generaciones, si bien los medios que se empleen para conseguir el objeto apetecido, han de ser muy diferentes. El secreto hoy consiste en mejorar los productos al par que disminuye su precio; producir mucho y de buena calidad y producir barato, es el problema en cuya acertada resolución estriba la prosperidad y progreso de los pueblos, cuya vida depende de la industria en sus varias manifestaciones.
Ya hemos perdido de vista a Cabrales, ya, ¡quién sabe hasta cuando! Estamos privados de contemplar sus hondos y angostos valles, sus elevados montes, las purísimas nieves de nítida blancura que coronan sus crestas, el atropellado y susurroso curso del Cares y el Casaño, pero en vez de seguir por la carretera, al abandonar a Cabrales, llevamos nuestro plan hacia la izquierda, dejando a la derecha el fértil y pequeño concejo de Onís, perteneciente al partido judicial de Cangas de Onís.
Nuestro derrotero nos encierra pronto en la profunda depresión que hace el Cuera, penetrando en la angostura formada por elevadas montañas que se conoce con el nombre de Río de las Cabras, y ya que al Río de las Cabras llegamos,, algo hemos de hablar de él antes de penetrar otra vez en el Concejo de Llanes. Toma nombre de esta cañada a la distancia de 15.377 metros que hay entre la Collada de la Rebollada y la iglesia de Posada, carretera que después de mil vicisitudes se halla hoy en construcción. La necesidad de abrir hoy este camino para comunicar a Llanes, con los concejos de Cabrales, Onís y Cangas de Onís, dando vida a las fértiles comarcas de Posada y Ardisana, y, fomentando y acrecentando las relaciones de todo género de aquellos, siempre fue sentida, pero desgraciadamente pasaron muchos años sin que se manifestaran por modo visible los esfuerzos de todos los hijos influyentes de esta zona de Asturias a fin de que llegara a ser una realidad la apertura de ese camino. Se pensó primero construirle como carretera provincial y ese proyecto fracasó no sin que de fondos provinciales se hicieran en diversos puntos algunas obras.
En 1867 se ideó repararle bajo el concepto de camino vecinal de primer orden, verificándose entonces un estudio detenido de él, y formulándose detallado presupuesto de las obras más necesarias para ponerle en condiciones de que pudieran cruzarle carruajes. El presupuesto de reparación se elevó a 10.069 escudos, 320 milésimas. También para esto hubo obstáculos, abandonándose la idea, aunque la necesidad de su construcción se imponía más y más, a medida que avanzaban las obras de la carretera de Cangas de Onís a empalmar en Panes con la de Palencia a Tinamayor.
Para salvar dificultades que pudieran ofrecerse resolvieron más tarde unos pocos amigos costear el estudio científico y detenido de esta importante vía regional, y, verificado, y conseguido incluirla en el plan general de las del Estado, y que los estudios hechos se aprobaran por la superioridad,, ya se había caminado mucho para llegar a su construcción. Merecen bien del país los que anticiparon el costo de esos estudios, pues aunque cobraron íntegro su importe, tal trabajo adelantado facilitó en gran parte poder sacar las obras a subasta.
Se verificó ésta en dos tiempos: la primera, que comprendió el trayecto de Posada a la Herrería, tuvo lugar en 20 de febrero de 1881, y se debe en primer término a las eficacísimas gestiones de D. Cayetano Sánchez Bustillo, hijo distinguido de Llanes, quien, siendo Ministro de Ultramar, no dejó de la mano a su compañero de Fomento, D Fermín Lasala, hasta que sacó a subasta la ejecución de las obras de ese trozo primero, y no lo hizo de los dos, como era su deseo, y complacer en un todo al Sr. Bustillo, por ser su presupuesto muy elevado con relación a la cantidad de que en Fomento se podía disponer entonces. Para sacar a subasta el primer trozo, dice el Sr. Lasala, en carta que tenemos a la vista dirigida al Sr. Bustillo, anunciándole que tenía acordado sacar a subasta dicho trozo, fue necesario aprovecharse de las bajas que habían sufrido las subastas anteriores. Este trozo, actualmente, se halla terminado.
Siendo Ministro de Fomento D. Alejandro Pidal y Mon, dispuso la subasta de los dos trozos restantes, reclamaciones posteriores encaminadas a variar el primitivo trazado del trozo segundo, han impedido que por él comenzaran ya las obras, y como en España, en cuanto se instruye expediente sobre el asunto más trivial surgen sin saber de donde ni cómo otros y se presentan dificultades imprevistas, y nunca falta quien de todo esto se aprovecha para sacar partido, he aquí que los esfuerzos de unos se hayan entorpecido ante el egoísmo, tal vez inconsciente, de otros, y que los cascos vendrá a pagarlos el país que se halla y se hallará privado por tiempo indefinido, de un camino de la mayor importancia, y, sobre el cual, ya todo el mundo había acariciado la esperanza de verle realizado en corto plazo. Acabamos de saber que en el tercer trozo, o sea en lo que constituye propiamente el Río de las Cabras, se hallan ocupadas dos pequeñas cuadrillas de trabajadores. Bueno es que se empiece, pero en vez de ir a trabajar al extremo, por si solo de menos uso, parecía lo correcto que continuasen los trabajos terminados en la Herrería, y así creemos habría hecho el contratista si tuviera expedido el terreno, comenzando con ello pronto el Concejo de Llanes a experimentar los beneficios. (...)