DE LLANES A CABRALES
A nueve kilómetros de Llanes se encuentra el pueblo de Posada. De aquí parte una carretera trazada por la orilla del río de Las Cabras, faldeando la montaña hasta salir a la Rebollada, donde enlaza con la general.
Al llegar a las Estazadas aparece ante la vista del viajero un paisaje imponente; nos vamos aproximando a las estribaciones de los Picos de Europa (ph_1); al borde de la carretera, hasta el puente de Golondrón (ph_2), hay un precipicio que asusta... Unas huertas de cultivo nos dan a entender que estamos próximos a un poblado: es Carreña, capital del concejo de Cabrales. Su situación la determina este cantar:
Entre el pico la Corona,
el Cabrón y peña de Alba,
está el pueblo de Carreña,
el más hermoso de España.
El río Casaño pasa rumoroso por su vera, trazando curvas bajo el follaje de los árboles que orlan sus márgenes.
Los habitantes de este consejo se caracterizan por su honradez y hospitalidad desinteresada. El viajero puede andar a cualquiera hora del día o de la noche por las montañas cabralenses con tanta seguridad como si anduviera por su casa. Los pastores exponen su vida por salvar la del alpinista que temerariamente se pone en sitios peligrosos, y duerme detrás de una peña para dejarle su choza.
¡Y qué humorismo el de estas gentes! Han puesto en "trova" los dieciocho pueblos que forman su término municipal:
Escobal, Celce, Ortiguero,
Canales, Molina y Puertas,
Pandiellas, Berodia, Inguanzo,
Asiego, Póo y Carreña,
Arenas, Arangas, Bulnes,
Sotres, Tielve y Camarmeña.
Y tienen "La trova del concejo", escrita por un cabralense a principios del siglo XIX. Se compone de 567 versos, en los cuales satiriza humorísticamente a sus vecinos.
Muy próxima a Carreña está la parroquia de Arenas, que en 1926 se constituyó en Entidad menor. Cuenta con un Ateneo en edificio propio inaugurado en 1924. El turista que llega a este pueblo suele ser obsequiado con el corri-corri, célebre danza prehistórica. En la caverna de Cogul, provincia de Lérida, se ha descubierto un grupo de pinturas rupestres, que representan nueve mujeres bailando delante de una figura varonil. Algunos autores creen ver en esto una danza "destinada a celebrar el acto procreador".
En el corri-corri, seis mozas, con una rama de laurel en la mano, al son de un tambor o pandero acompañado de cantares, danzan alrededor de un mozo llamado el bailín (ph_3). Este inicia el baile y persigue a las mozas tejiendo mudanzas; ellas se le acercan, una veces en línea, otras en círculo; pero de pronto, cambian de pensamiento y huyen danzando con gracioso ritmo...
En este baile supervive una danza ritual análoga a la de Cogul y a otras danzas (d_1), como la de Peña Tú, de la cual procede el pericote. He sido el primero que se fijó en la analogía que tienen las danzas prehistóricas con estos bailes asturianos, los cuales no se bailan más que en la comarca que circunda el monumento de Peña Tú.
Es muy bonita la música de las canciones llamadas "cabraliegas"; he aquí la letra de algunas:
Cuando salí de Cabrales
lloraba una cabraliega,
porque perdió los corales
en la Salud de Carreña.
Adiós, Cabrales, adiós,
recuerdos tengo de ti,
que quiero a una cabraliega
y ella no me quiere a mí.
La tradición cuenta de una manera muy graciosa cómo derrotaron aquí a los moros; dice así:
En Pescanti, los pescaron,
en Copajenti los coparon,
en Mortuorio los amortajaron,
y en Cuevajaviera los enterraron.
Estos cuatros nombres indican lugares de la ería de Arenas. En someras investigaciones que hice en Cuevajaviera pude comprobar que allí existe un yacimiento prehistórico, algo estropeado, quizás por los buscadores de tesoros.
La principal riqueza de este concejo es la ganadería y el tan conocido "queso de Cabrales", de cuya fabricación he de hablar cuando llegue a los Picos de Europa.
En Carreña y en Arenas hay buenas fondas y comercios de importancia.
En las parroquias de Cabrales existen antiguas casas solariegas: En Arangas, la de Navariego; en Carreña, la de Bárcena; en Berodia, el palacio de la casa Díaz de Inguanzo (ph_4); en Póo, el de Cernuda, con hermosa capilla al lado; en Inguanzo, el palacio del Mayorazgo (ph_5); y en Arenas, el de Caso.
Hay otro camino para venir a este concejo desde Bustio. De aquí parte una carretera que atraviesa paisajes pintorescos. A la derecha queda Colombres, lugar donde pernoctó Carlos V el 28 de agosto de 1517; y más allá, la medieval torre de Noriega asoma su altivo almenaje sobre el pueblo. Un vecino de esta parroquia, el 2 de marzo de 1926, al arreglar un camino en un lugar llamado el "Molino de Gasparín", encontró un esqueleto humano, el cual, visto por mis distinguidos amigos el prehistoriador P. Carballo y el médico de Colombres Don Joaquín F. Álvarez Nava, competente en arqueología prehistórica, resultó ser el "esqueleto humano más antiguo de España".
Su edad, según el P. Carballo, correspondiente al período asturiense. Esto es: a una edad intermedia entre el paleolítico y el neolítico.
En la margen derecha del Deva está el hermoso pueblo de Panes, capital del concejo de Peñamellera Baja, en cuyas parroquias se alzan antiguas casonas solariegas. Cuenta con fondas, comercios, y un periódico decenal: "El Eco de los Valles".
Entre Panes y Buelles, próximo al lugar de el Mazo, está la caverna de la Loja; su longitud es de 105 metros, y a los 45, a partir de la entrada, a mano derecha, en una convexidad estalagmítica, a la altura de seis metros hay un grupo de figuras grabadas que representan toros y vacas.
Desde un poco más arriba de Panes, la carretera sigue por la orilla del Cares; sobre su cauce, se ve, montado a horcajadas, el antiguo puente de Lavidre, por el cual se entra en una calzada que conduce a la alta cumbre de Sonsúa, a Trespando, Tajadura, encontrandose en Pirué con la calzada de Caoru, vía romana, de la que hablaré más adelante. Un panorama agradable acompaña al viajero hasta Arenas de Cabrales.
Diez kilómetros antes de llegar a Arenas, se encuentra el pueblo de Niserias, de donde arranca una carretera orlada de castaños, por la cual merece la pena subir a Alles, capital del concejo de Peñamellera Alta, situada en una meseta que domina un paisaje espléndido: La sierra de Cuera recortando los Picos de Europa, que se yerguen en la lejanía tocando en las nubes; la extensa ería de Robra, unida a los cuetos de Toreo, Carria y Ruenes...
En lo alto del pueblo se alza hermoso templo, cerca del cual aparece adornada con enredaderas floridas la portada románica de la destruida iglesia de San Pedro de Plecín. En la casona solariega de los Mier, campea un escudo con este mote: "Adelante los de Mier por más valer".
Cuenta la tradición, que en los tiempos remotos no había en toda Peñamellera más que una iglesia en Alles. Y que los pastores de Oceño, los domingos, a la hora de la misa se subían a la peña de Sonsúa, desde cuya altura columbraban la iglesia; y en el momento de alzar, un vecino, situado delante del templo, tocaba fuertemente una turulla. Al oírla los que estaban sobre la peña, gritaban:
"¡Alabada sea la voz del ángel!"
¡Cuánto humorismo se derrocha en Asturias!
De Alles a Arenas se puede ir a pie o a caballo en dos horas y media. El 21 de agosto de 1923 hice esta excursión en compañía de mi amigo el cabralense Don Anselmo Caso, para distraer mi gran preocupación por el hecho de haber yo mandado aquel día a un pastor que fuera a colocar la bandera española sobre el Naranjo de Bulnes, según diré más adelante.
El camino está bordeado de castaños centenarios y avellanos que tiemblan con el peso de sus frutos. Se oye el canturreo del riachuelo que salta sobre su cauce en continuas cascadas, y el runrún de molinos viejos que se mueven en la umbrosa cañada.
En Ruenes está "la casona de la portilla". Ostenta el escudo de Mier y el consabido mote. Pasamos por el pueblo de Rozagás, y a través de campos dorados por el sol de la tarde, llegamos al pueblo de Arangas, entre cuyas casas sobresale el blasonado caserón de "Navariego" (ph_6). De Arangas a Arenas se baja por Concha Apretada siguiendo la margen derecha del río Riveles. Esta excursión resulta interesante por el paisaje y por los edificios antiguos que se encuentran en el camino.
LOS PICOS DE EUROPA
Se han emitido varias opiniones acerca del nombre Picos de Europa. El ilustre ingeniero español Don Casiano del Prado dice que "se les dio este nombre por ser los primeros picos que los navegantes descubren viniendo por la parte Norte de España a tomar tierra en Asturias, Vizcaya o Santander"; con lo cual no están conformes algunos publicistas.
En los tiempos más remotos ya se fijaron los marinos en estos montes nevados. En la bibliografía de los Picos de Europa, no he visto citada la referencia que hace de ellos el periplo contenido en la Ora marítima, de Avieno, escrito por un massaliota 530 años antes de Jesucristo.
Entonces pasaban los navegantes por la costa cantábrica hacia la Bretaña. El periplo habla de las tribus que ocupaban nuestro litoral, y entre ellas cita a los Draganos:
Draganunque prole sub nivoso maxime
septentrione colocaverant larem.
...Unos dicen aquí está,
otros dicen venga, venga,
por los Picos de Cornión
iban corriendo con ella.
El texto más antiguo que he visto citando estos macizos con el nombre de Europa, es Viajo Santo, de Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II. En esta obra, escrita en 1572, dice que Cangas de Onís "está no lejos de las montañas de Europa". Y el primer mapa donde aparecen con el nombre de Montes de Europa, es el titulado El principato delle Asturie, descritto da Giacomo Cantelli da Vignola, 1696.
Don Tomás López, gran matemático y cartógrafo, en su mapa de Asturias, del año 1777, los llama Peñas de Europa, y acota allí varios nombres de lugar: Puente de Poncebos; puente del Haya; Peña de Urrielles; Campos de Pandébano; Sitio de las Vegas del Toro... En el macizo occidental no cita más que Sierra de Covadonga, y lo dibuja con más relieve que el central, como si tuviera más importancia que éste.
El geólogo Don Guillermo Schulz, autor del Mapa topográfico de la provincia de Oviedo, editado en 1878, publicó en Anales de Minas, año 1846, un articulo titulado Vistazo geológico sobre Cantabria. En la página 34, dice, refiriéndose a la cordillera cantábrica:
"La parte más alta de toda la línea se halla entre Asturias y León, donde en muchas cumbres alcanza hasta siete mil pies sobre el mar, que sólo dista de diez leguas, y los asperísimos picachos de Peña Santa y Urrieles, entre Valdeón y Cabrales, se elevan hasta más de nueve mil pies de altura a menos de seis leguas del mar, llevando hoy el nombre genérico de Picos de Europa"...
Este artículo no lo mencionan los autores de obras sobre estas montañas. Y de él se deduce que Schulz, en aquella época hizo en ellas someras exploraciones, puesto que asigna a Peña Santa y Urieles una altura aproximada a la verdadera, sobre todo, a Peña Santa.
La Revista Minera, tomo XI, Madrid, 1860, reproduce de la Gaceta de Madrid un hermoso trabajo de D. Casiano del Prado, titulado: Valdeón, Caín, la Canal de Trea. Ascensión a los Picos de Europa en la cordillera Cantábrica.
Dice que el año de 1845 recorría las montañas de Palencia y León haciendo investigaciones científicas, y desde lo alto de Peña Corada vio por vez primera los Picos de Europa y le entraron ganas de subir a ellos, lo cual intentó en 1851; no pudo conseguir su objeto debido a la mucha niebla que tapó las cumbres.
En 1853 renovó la excursión en compañía de Mrs. de Verneuil y de Loriére, miembros de la Sociedad Geográfica de Francia, logrando subir a la Torre de Salinas. A los tres o cuatro días se despidió de sus compañeros, y continuó él solo sus exploraciones, siendo el primero que hizo trabajos serios en estas cumbres.
La entrada en los Picos de Europa, cuya pertenencia corresponde a Asturias, León y Santander, puede hacerse por Arenas de Cabrales, Covadonga y Espinama; a este pueblo llega la carretera que arranca de Unquera; peo en la Hermida, el turista puede subir al macizo oriental por un camino de carro que conduce a las minas de Andara.
Hay otra entrada, que por sus malas condiciones, no suele ser frecuentada por los alpinistas: es la que parte de la carretera en el alto del puerto del Pontón a Posada de Valdeón por camino de herradura. Se tarda cuatro horas en llegar a Posada. Por este sendero está proyectada una carretera.
Los Picos de Europa están formados por enormes masas de caliza carbonífera, y divididos en tres macizos denominados oriental, central y occidental, cada uno determinado por el curso de dos ríos: El oriental, por el Duje y el Deva; el central, por el Duje y el Cares; el occidental, por el Cares y el Sella.
La altura mayor de estas montañas está en el macizo central, en la Torre de Cerredo, la cual se eleva 2642 metros sobre el mar. La siguen Torre del Llambrión, con 2630, y Peñavieja, con 2615.
En el macizo occidental, Peña Santa de Castilla alcanza una altura de 2586 metros; Peña Santa de Enol, 2479. Y en el macizo oriental, la Tabla de Lechugales, 2445.
Vamos a hacer algunas excursiones a través de estas montañas bravías.
DE CARREÑA A CAMBURERO
Es día 13 de julio de 1923; a las nueve y media de la mañana salgo de Carreña (ph_7), a pie, para asistir a la inauguración de un refugio de alpinistas acabado de construir en la meseta de Camburero. Somos unos cuantos los invitados a la celebración de aquel acto; pero yo emprendo el camino mucho antes de la hora fijada por mis compañeros de excursión...
A kilómetro y medio de Carreña está el pueblecito de Poo (ph_8) descansando alegre bajo la arbolada frondosa, rodeado de tierras de labrantío. Las verdes praderas se extienden por la falda de la montaña, tras la cual se ve Cueto Albo y el Naranjo de Bulnes (ph_9).
Atravieso el lugar de Arenas (ph_10) y sigo la carretera trazada por la margen derecha del Cares (ph_11), río de aguas verdes como esmeralda fina. A uno y a otro lado del camino se alzan imponentes masas de roca caliza que oprimirían mi espíritu si no fuera la nota alegre de los árboles que trepan por las laderas de Canalnegra y Portudera.
A las once llegué a Poncebos, portada principal de los Picos de Europa; -porque aquí concurren las estribaciones de los tres macizos-, embellecida hasta el año 1918 por hermoso puente romano (ph_12)destruido bárbaramente sin necesidad por los que hicieron la carretera; han podido cruzar el río con el puente actual por más abajo del antiguo sin aumentar los gastos de coste de las obras.
En Poncebos, al pie de la importante central eléctrica perteneciente a la Sociedad Electra del Viesgo (ph_13), termina la carretera y arranca los caminos que conducen a los cuatro pueblos de Asturias situados en los Picos de Europa. A la izquierda el de Tielve y Sotres, camino de herradura, algo peligroso en la Canal de la Rumiada. A Tielve se llega en dos horas. El pueblo tiene buenos edificios, buena iglesia y escuela. Está situado a 774 metros de altura en una cañada estrecha. Algunas veces se desprenden peñas de las cumbres de Portudera que ponen en peligro la vida de aquellos vecinos.
De Tielve a Sotres se va en una hora por la India de Aquende, paso de bastante cuidado en invierno, debido a las piedras y aludes que se desprenden del monte de San Llano...
A la derecha de Poncebos, los caminos de Bulnes y Camarmeña. A este pueblo se sube en media hora por un sendero en zigzag. Se compone de catorce vecinos. Está a 500 metros de altura, en una ladera al pie de Canalnegra (ph_14).
Tiene escuela construida por el pueblo, y una iglesita en la cual dicen que descansan los restos de un obispo que en tiempos remotos se refugió entre la altas rocas frente a la Canal de Piedrabellida en la margen izquierda del Cares, en un punto llamado Culiembro, y desde entonces acá, San Julián de Culiembro, en virtud de que allí erigió una ermita a aquel santo, en la que decía misa a los pastores de las majadas de Ostón. Los llamaba por medio del sonido de un cencerro grande, de forma rectangular.
Yo lo he tenido en mis manos, así como también el misal del ermitaño. Estos objetos los guardan los vecinos de Camarmeña como si fueran reliquias. También he visto el sitio donde estuvo la ermita, cuyos cimientos desaparecieron en 1920 al hacer el canal de la Electra del Viesgo...
Tomo el camino de Bulnes. A poca distancia de Poncebos se cruza el Cares por un puente romano de un solo arco, llamado puente de la jaya, del cual penden guirnaldas de hiedra. Desde aquí se contempla la entrada de la bravía angostura del Cares (ph_15), que termina en Caín, sobre la cual hablaré más adelante.
Al llegar a la canal de la Riega del Tejo se sube por el cauce del río para atravesarlo luego por un puentecito rústico de madera. En el recuesto de Codillas aparece ante la vista la colosal Peñacollugos...
Las Salidas: Camino peligroso trazado en zigzag al borde del deventíu, en cuyo fondo rugen las aguas del río al saltar de cascada en cascada. Entre las peñas se ven tilos en flor y enredaderas olorosas.
Al final de las Salidas hay cinco cruces grabadas sobre una peña, a la memoria de cinco vecinos de Bulnes muertos en este sitio por una avalancha de nieve.
A mano derecha se ve perfectamente el lecho de un glaciar antiguo. El camino mejora algo y se llega a un campero regado por el río Bulnes, a cuya vera brota la Fuentecolines. Metidos hasta las rodillas en el arroyo cristalino, encontré ocho niños de ambos sexos, de cuatro a once años de edad.
-¿Qué hacéis?- les pregunté.
-Pescando truchas.
-¿Está muy lejos Bulnes?
-No señor; está detrás de aquella cotera; somos nosotros de allí y vamos con usted.
Y cada niño cogió una carguita de helecho que allí tenía preparada. Hasta el niño de cuatro años, llamado Miguelín, cargó con su haz a la espalda.
-Camina, Miguelín- le dijo una niña.
-Non puedo, cáenmi los pantalones.
Van delante de mí formando un grupo interesante; uno de los niños tropezó contra una piedra, cayó de cara sobre su carga, y dijo con gran energía dando un puntapié al helecho:
-¡Mala centella te parta!
Así se crían los habitantes de los Picos de Europa, grandes trepadores de riscos, cazadores de rebecos, e indiferentes a los grandes peligros que rodean el ambiente donde se desenvuelve su vida...
Llego a Bulnes a la una, y me encuentro un grupo de bulnenses sentados bajo un árbol, leyendo mi libro Del folklore asturiano. Uno de ellos me dijo:
"Como hoy es día de niebla no pudimos ir a recoger la hierba que tenemos segada allá arriba, y entonces nos sentamos aquí a leer el libro que V. nos mandó hace unos días."
El pueblo tiene escuela nacional, y lo forman 150 habitantes distribuidos en dos barrios. Está situado a 600 metros de altura, en un valle estrecho, regado por un arroyuelo (ph_16). Corre gran peligro de ser destruido por las peñas que se desprenden de las cumbres; el año 1920, se desprendió un peñasco de lo alto de Maín y derribó cinco casas.
El color de los edificios se confunden con el de las montañas que los circundan. El cementerio está cubierto de teja sobre armadura de madera, debido a que por el invierno se aglomera allí mucha nieve y no podrían inhumar si estuviese al descubierto, porque se formaría dentro de él un bloque de hielo. En su interior, en una capilla, está la Virgen de las Nieves rodeada de ex votos.
Al lado del pueblo hay una plazuela circular formada por piedras, dentro de la cual se reúnen los bulnenses al toque de campana para celebrar concejo. Este recinto me recuerda crónlechs donde se supone que se reunían los hombres neolíticos para celebrar sus asambleas políticas y religiosas...
-"Aquí,-me dicen señalando las piedras que cierran el círculo-, nos sentamos los vecinos, y en aquella más alta siéntase el alcalde. Pero a lo mejor se descuelga por allí abajo un peñasco que nos hace levantar la sesión"...
Los moradores de estos pueblos están rodeados de peligros. Una anciana llamada Generosa González, me dijo, llorando, que un puveríu le había llevado su marido, una hija y ochenta y cinco cabras.
Los puveríos arrasan cuanto encuentran a su paso; llevan delante de sí masas de nieve, piedras, cabañas, árboles... Los más temibles son los que se forman con nieve seca.
Las pastoras, con el zurrón a la espalda, se dirigen a la majada de Pandébano; van entonando canciones que anoto en mi cuaderno. He aquí una:
Adiós, lugarín de Bulnes,
peñascos y peñascones,
donde yo me divertía
en aquel campo de flores.
Se acerca una anciana a nosotros y le pregunta un vecino del barrio de abajo:
-¿Qué tal el señor cura, tía Olaya?
-Toca a misa y non la diiiz- contestó la mujer con voz cantarina.
Luego me dijo Raimundo Mier Campillo:
"Aquí casi todos los vecinos se apellidan como yo. ¡Ah! Los Campillo fueron personajes importantes; su escudo tiene este escrito:
Campillo, pues que subiste
al campo de las doncellas,
con razón puedes pintar
un lucero y dos estrellas.
Esto lo vi yo en un libro de pergamino"...
Antonio Campillo, (el tíu Casona), me contó interesantes sucesos ocurridos aquí con los rebecos, los lobos, la nieve y los puveríos (ph_17). Su indumento y su figura está en perfecta armonía con el paisaje que le rodea. Nació en 1842 y casi siempre usó el traje típico del país.
Salí de Bulnes a las dos, sin guía y sin conocer el camino. Por un sendero de cabras llegué al arroyo de la Boluga; aquí me encontré con un pastorcito de 15 años, llamado Nicolás García, el cual lleva el mismo camino que yo. Seguimos juntos por el cauce del arroyo, caminando sobre piedras cubiertas de musgo resbaladizo; al final de este paso, alcanzamos al pastor Manolín Mier, de doce años. Va a Camburero.
-¿Por qué caminas torciendo el cuerpo?- le pregunté.
-Porque tengo tres bubatos en este costazu.
Es un chico simpático y listo. La canal de Valcosín hay que pasarla a gatas. En un momento en que estoy sobre una llambria sin poder avanzar, dijo Mier al otro rapaz:
-Buenos vicios tienen estos señores en venir a matarse por entre estas peñas.
-Tienes razón- le respondí.
Llegamos a la Gargantada (ph_18), donde hay un chortal que mana agua fría como la nieve. El lecho del paisaje forma una U, labrada por un glaciar, cuyo nacimiento citaré más adelante.
Nos envuelve la niebla; el pastorcito García lanzó en alta voz este conjuro:
Quítate, nublina,
quítate nublado,
que entre joyos y coteras
tengo yo el mi ganado.
y se separó de nosotros cantando.
Mier y yo entramos en la Canal de Camburero, garganta de difícil acceso. Apagamos la sed en una fuente cristalina, y en veinte minutos coronamos la meseta; de Bulnes aquí empleé dos horas. Soy el primer alpinista que entro en el refugio (ph_19) y firmo en el álbum.
Luego de tomar una taza de café voy a una majada próxima para ver a los pastores recoger sus ganados. En un bellar iña cariñosamente un jato; mujen los trimos, y una pastorina llama a las ovejas con entonación melancólica:
-¡Quélaaa! ¡Quis, quis, quis! ¡Ah, la corderaaa!...
Y a las cabras:
-¡Térooo! ¡Ques, ques, ques! ¡Ah, las cabrinas! ¡Térooo!...
Son las siete de la tarde; se oyen voces en el fondo de la Canal de Camburero; son mis compañeros de excursión: D. Ricardo García Herrera, juez municipal de Llanes; D. Francisco Fernández, alcalde de Cabrales; D. Manuel Niembro de la Concha, secretario del Ayuntamiento de este concejo; D. José Huerta Díaz, secretario del Juzgado; D. Cándido Heredia, farmacéutico; D. Francisco y D. Ángel Álvarez. Suben trepando penosamente por la endiablada escarpa.
Todos conocen el terreno; pero, por lo que pueda ocurrir, de aquí adelante nos acompañarán tres guías de Bulnes: Manuel, Rafael y Celestino; los tres se apellidan Mier.
Durante la cena, el guía Manuel no cesó de contar graciosos cuentos salpicados de latinajos. Uno de los comensales le preguntó:
-¿Dónde estudiaste latín, Manuel?
-En el misal de nuestra iglesia; ayudé a misa muchos años, y como no tenía libros por donde leer, leía por el misal, y me lo se de memoria.
¡Cuántas veces, durante el tiempo que estamos sin cura,-y esto ocurre con frecuencia, porque no hay cura que quiera venir a Bulnes-, me llevo en el zurrón un misal viejo que hay en la sacristía y lo leo en la majada! ¡Ah! si el zapatero que ejerció de cura en Pimiango hubiera sabido tantus latim cuomo ego, no le pasaría lo que le pasó.
-¿Cómo fue aquello?
-Un zapatero de Pimiango, que en su niñez había estudiado tanto así de latín con un domine, supo que no había cura en Tresvisos. Entonces le dijo a su mujer que se iba a remendar zapatos por los pueblos, y lo que hizo fue presentarse en Tresvisos vestido con una sotanilla, diciendo que era el cura nombrado para aquella parroquia.
Comenzó a ejercer su ministerio, y los vecinos notaron que no conocía bien las ceremonias. Pero un día se presentó ante la puerta de la iglesia una madre con un hijo de cuarenta días, a recibir la purificación. Salió el falso cura y comenzó a buscar en el libro la oración ritual, y como no sabía cuál era, le dijo a la mujer, al mismo tiempo que trazaba cruces en el aire con el hisopo:
-Entra, que no encuentro el metedoriu.
Esto se supo enseguida en todo el pueblo; se reunieron los vecinos, amarraron al zapatero y lo llevaron ante la autoridad eclesiástica.
El cuento es histórico; no hay pueblo en la comarca oriental donde no se cuente el acto realizado por el zapatero de Pimiango, llamado el tíu Cué. Hay que tener en cuenta que el pueblo de Tresvisos está en los Picos de Europa, y cuando sucedió el caso,-hará unos sesenta años-, apenas tenía comunicación con los pueblos de la llanura.
AL NARANJO DE BULNES
Nos despiertan las voces de Felipe, hombre de luenguas barbas, administrador del refugio:
-¡Arriba! ¡Arriba, señores, que ya comienza a amanecer!
La aurora besa la frente inmaculada del Naranjo de Bulnes y la niebla desciende rápidamente como si la ajeliaran todos los pastores de estas cumbres. Junto a nosotros, aparecen las peñas cubiertas de cabras y ovejas "baladoras". Con ayuda de prismáticos vemos a los pastores de la majada de Pandébano correr tras de sus ganados.
Estamos a 1375 metros de altura, respirando los amorosos perfumes que las florecillas cuidan de mantener. El termómetro marca doce grados. La brisa de la montaña, pura y vivificante, inunda nuestros pulmones.
El naranjo se dibuja sobre el azul del cielo, frente a nosotros; parece que lo podemos tocar con las manos; pero nos dicen los guías que caminando a buen paso tardaremos dos horas en llegar hasta él. Antes de ponernos en camino, firmamos un acta escrita a la cabeza del álbum consignando en ella nuestras impresiones acerca del grandioso panorama que nos rodea, prometiendo reunirnos aquí todos los años para conmemorar la fecha de la inauguración del refugio.
Es domingo. A la seis y cuarto emprendemos la subida por la vertiente norte del Neverón, cumbre de 2564 metros de altura. Al cabo de una hora de marcha noto que pierdo fuerzas; se me laxan los músculos. Estoy acostumbrado a trepar por las montañas astúricas, pero hace cuatro meses que no hago ejercicios alpinistas, y para realizar estas excursiones hay que estar bien entrenado. ¡Coraje, y arriba!
Caminamos por una ladera sembrada de rocalla y entramos en la vega del Redondal, llamada así porque está llena de peñascos redondos, procedentes de la cumbre...
-¡Alto! -gritó uno de los guías-. Allá arriba están los rebecos; si quieren Vds. verlos de cerca escóndanse aquí detrás de las peñas, que vamos nosotros a echarlos hacia acá...
Estamos en la entrada de la Canal de la Celada, desfiladero fragoso; en los tiempos remotos estaba cerrado en su parte inferior con un muro -cuyos restos se conservan-, en el cual había una abertura; los cazadores obligaban a los rebecos a pasar por ella, y entonces los mataban con chuzos...
Oímos voces en la cumbre. Por los llambriales y neveros bajan gran número de rebecos ajeliados por nuestros guías. Estoy solo, escondido detrás de una peña, y con los prismáticos enfilo toda la Canal. ¡Qué cosas veo! ¡Qué animales tan ágiles y tan hermosos! ¡Cómo se recrea el espíritu ante este cuadro!
-¡Ahí van, ahí van!- gritan desde allá arriba...
Ya pasaron. Son más de cuarenta. ¡Cómo corren! Parece que uno se queda atrás... Sí, ¡está herido! Nos acercamos a él y vemos que tiene rotas las patas traseras (ph_20 y ph_21), y el pobre animal llora...
Continuamos nuestro camino hasta llegar al pie del Naranjo (ph_22), cuya cumbre está a 2516 metros sobre el mar. Levanté los ojos hacia él para contemplar su belleza; jamás olvidaré la emoción sublime, terrorífica que me produjo este grandioso menhir...
-¡Un águila! ¡un águila!- dijeron los señores Huerta y Niembro.
¡Cierto! Encima del Naranjo se cierne majestuosamente un águila; para verla bien tenemos que hacer uso de los prismáticos, pues sin ellos no se ve más que un punto cera del cielo.
¿Cómo es posible que nadie haya culminado esta pirámide colosal, de 500 metros de altura? El 5 de agosto de 1904 la escaló el marqués de Villaviciosa de Asturias, según veremos más adelante.
Me dicen los guías que el dar la vuelta alrededor de la base del Naranjo, se tarda cerca de medio día.
A las diez de la mañana, en un sitio próximo al soberano monolito; al pie de la fuente de los Urriellos, fuente que mana hielo, tomamos un buen almuerzo.
Fortalecidos por el alimento continuamos la ascensión por la vertiente norte de las Moñetas y Tiros de la Torre, hasta Jousintierra. Desde aquí contemplamos un paisaje maravilloso. Jousintierra (ph_23) es una hondonada que tiene como unos dos kilómetros de este a oeste. No hay en ella ni un átomo de tierra. La contemplación de este hoyo inmenso produce una sensación de estremecimiento: es tan sublime como el Naranjo.
En una de sus laderas hay anchas franjas de nieve, y por una de ellas trepan más de un centenar de rebecos. Sus paredes ascienden escalonadas formando un anfiteatro coronado de cornisas, chapiteles, agujas y todos los elementos arquitectónicos que pueda crear la imaginación artística. Y estas filigranas, cinceladas por los rayos y pulimentadas por la nieve, tienen una pátina gris que da al monumento un aspecto grandioso.
Por entre las rocas gigantescas que forman la Jorcada de Caín, aparece una nube de nácar y oro; en su centro se ven algunas figuras, las cuales me imagino que son walkirias que vienen a visitar este Walhalla asturiano.
¡Cuánta belleza! Desde aquí se contempla el más asombroso de los panoramas. Al Norte, a nuestros pies, se extiende un mar de niebla brillante, entre cuyas olas asoman algunos picachos que parecen bergantines anclados... Estamos disfrutando de todas las emociones que se pueden presentar en una excursión alpina.
Al ponernos en marcha, miré por última vez el Jousintierra (ph_24), hondón semejante a un cráter, y pienso si será el crisol donde el Creador fundió los materiales para formar el coloso Naranjo, el rey de las rocas, monumento de gallardía sin igual, en cuya frente se posan los primeros besos de la aurora y se desvanecen los últimos rayinos de sol.
Repito que jamás se borrará de mi memoria la emoción que me produjo este coloso, del cual me voy alejando poco a poco por un nevero ondulado...
A lo lejos se ven las aguas azules del Cantábrico. Y el mar de niebla continúa rizando allá abajo. Este curioso fenómeno, que desde aquí se contempla machas veces, ha inspirado a las pastoras de la comarca este hermoso cantar:
Desde el Naranjo de Bulnes
se ve la niebla del suelo;
por eso las asturianas
estamos cerca del cielo.
Por entre las piedras asoman tímidamente algunas flores amarillas, y violetas de azul intenso. De vez en cuando oímos el canto de la "pajarinas de las nieves". Cogemos una, y después de contemplar su hermoso plumaje, le devolvemos la libertad.
La rocalla cortante nos impide caminar. Casi cuesta más trabajo bajar que subir. A las dos y media llegamos a la Canal de Valleyu. Aquí me despido de mis compañeros, los cuales regresan a Arenas de Cabrales, y yo me dirijo a Sotres, acompañado de los vecinos de este pueblo Dionisio Simón y Manuel Fernández Moradiellos, quienes me dicen que salvaremos la distancia en tres horas y media caminando a buen paso.
DE LA CANAL DE VALLEYU A SOTRES
Más abajo del Naranjo de Bulnes se encuentra la Canal de Valleyu, la cual se atraviesa por una llambria peligrosa.
En la época cuaternaria, un glaciar, que tenía su nacimiento en la vertiente Norte del Naranjo, descendía por esta Canal de lecho pulimentado, continuando por la Gargantada y Bulnes, "reforzado por los hielos procedentes de Neverón y Pico Albo", y se precipitaba en el Cares junto al sitio que hoy ocupa el puente de la Jaya.
Pasada la llambria, se sube por una pendiente corta, pero endiablada. Y de aquí adelante el camino es bastante bueno, excepto el paso de la Llambria de Tierra, cerca de la majada Terenosa. Por un sendero de suave pendiente se llega a Pandébano, majada grande, mancomunada entre estos pueblos. En su centro está el cabañal de Canero, y en el mismo campo hay una tejera del pueblo de Bulnes.
En el cabañal de Robres, una bella zagala me obsequió con un vaso de leche espesa, fría como la nieve. Frente a este cabañal, verdes praderas se extienden hasta las cabañas de Gumial, las cuales están rodeadas de bosquecillos que ascienden por la estribación de Cabeza de las Moñas, cumbre de 2060 metros de altura. Por todas partes se ven rebaños pastando, y el tintineo de sus cencerros llena el espacio de vibraciones...
Desde las praderas del Collado de Cuaceya descendimos por la Caleya de la Jelguera, camino trazado en zigzag, -de herradura y empedrado como todo el trayecto que venimos recorriendo desde la salida de Pandébano-, hasta el invernal del Texu, y por una calleja bastante empinada subimos a Sotres.
Como es domingo, las mozas se divierten bailando debajo de un hórreo, -el único que hay en el pueblo-, al son de un pandero acompañado de canciones:
Qué bien parece la seda
arrimada al fino paño;
qué bien parece bailando
una moza con su hermano.
Y la tañedora, al verme llegar improvisó la siguiente:
Ahora tengo que dar
un golpe más al pandero,
porque está mirando el baile
este señor forastero.
Sotres es el pueblo más alto de los Picos de Europa (ph_25). Está situado a 1070 metros de altura, en una meseta pintoresca, de donde se ven las cumbres del Escamelláu, Maín, Deboro y San Llano, el Collado de Pandébano, las praderas de Llende y las del Cueto unidas al pueblo, al pie del cual hay un altozano bautizado con el poético nombre de Sierra del Amor, punto de reunión de pastores y zagalas... (ph_26)
De Sotres al Pico Deboro -macizo oriental- se va en dos horas subiendo por la Caballar. Uno de los picos de este macizo, cuya altura alcanza 2218 metros, se denomina Pico del Sagrado Corazón, en virtud de que el año de 1900 se erigió allí una estatua de bronce dedicada al Corazón de Jesús, realizándose con este motivo una peregrinación de todos los pueblos de la comarca, la cual se repite cada diez años...
Y a las Moñetas -macizo central- se llega en dos horas y media entrando por las Vegas.
Dice la tradición que el nombre de Sotres viene de Son tres, debido a que lo fundaron, hace muchos siglos, tres matrimonios desterrados de Muniama -barrio de Arenas de Cabrales convertido hoy en invernal-, porque algunos de sus hijos dieron muerte a dos muchachos de Poo, cuyos vecinos quemaron vivos a los matadores en la cueva de la Vega de las Pandiellas. Esto no dejará de ser un cuento.
El pueblo se compone de sesenta hogares con 415 habitantes, iglesia y escuela. Las casas son de piedra y cubiertas de teja curva como las de todos los pueblos de los Picos de Europa; el tejado termina en los haces de las paredes; si terminara con alero lo arrancaría el viento.
En Sotres y Tielve se usan algunas cocinas de gloria, análogas al hypocaustum romano. Sobre la meseta que cubre la bóveda bajo la cual arde el fuego, hay un armario, en el cual ponen el queso a secar. También hay cocinas de llar bajo con tórzanu y llarias.
Apenas quedan herradas y cangilones; se usan mucho las calderas de cobre para "echar en ellas la leche a cuayu". En los cuatros pueblos de los Picos de Europa, debido a su situación montañosa, no se puede usar otros medios de transporte que no sea con caballerías. Todos viven desahogadamente de la ganadería y del producto del "queso de Cabrales". No disponen de casas a propósito para dar hospedaje; pero todo cuanto tienen lo ponen desinteresadamente a disposición del forastero.
La mayor parte de los alpinistas que vinieron por estas alturas utilizaron los servicios del viejo guía Severino López, quien conoce hasta el último chirivital de los Picos de Europa.
-Tengo 77 años- me dijo: Yo fui el director del ojeo cuando vino a cazar a los Picos de Europa S. M. el Rey D. Alfonso XII, en 1881 y en 1882.
En 1881, vino con él la Infanta Isabel, el general Terrero y el doctor Camisón. La infanta cazó en el macizo oriental. Cerca de los Picos de Hierros está la espera donde se colocó Su Alteza; desde entonces aquel punto se llama Tiro de la Infanta Isabel [2430 metros altura].
En 1882 trajo consigo su cuarto militar. Pasó por aquí, por Sotres, entró por la majada de la Caballar, procedente de Andara, donde durmió dos noches; había subido allí desde la Hermida.
Montaba una jaca rubia, de su propiedad; el duque de Santo Mauro montaba una jaca falsamana: pegaba con las manos. Yo, llevaba un caballín, que, para andar por estos riscos podía dar lecciones a todas las jacas madrileñas habidas y por haber.
S. M. siguió el camino de la Llomba del Toro y subió al sitio que desde entonces se conoce con el nombre de "Tiro de Alfonso XII". [2599 metros]. Se mataron veintiún rebecos. Desde allí bajo a Potes y regresó a Comillas.
También me habló de la táctica que emplean los caballos y las vacas para defenderse de los lobos.
A LAS VEGAS DE SOTRES
El día 14 de julio de 1924, salí de Sotres para las Vegas, a cuyo punto llegué en hora y media siguiendo por la orilla del río Duje, que baja serpenteando por entre el macizo central y occidental.
En las Vegas me esperaban los pastores de Arenas, los cuales, debido a un pleito que ganaron a los vecinos de Sotres, planteado en el año de 1625 y fallado en la Real Chancillería de Valladolid, tienen derecho a ocuparlas con sus ganados durante veinte días cada año, elegidos por ellos en la fecha que les convenga, para lo cual, los sotrenses, a quienes pertenecen los pastos, tienen que abandonarlos, -previo aviso de cuatro días-, mientras los ocupan los ganados de Arenas.
Son muy graciosas las anécdotas que se cuentan en Cabrales, acerca de aquel pleito: El pueblo de Arenas nombró a uno de sus vecinos para que fuera a Valladolid a defenderlo. Hizo el viaje a pie, vestido con traje de sayal, calzado de corices, y llevó en el zurrón una borona y un queso para comer por el camino.
Dio comienzo la vista y el relator pasó una hoja sin leerla porque perjudicaba a los de Sotres. Entonces dijo el de Arenas:
-¡Alto! Ahí pasó un llobetu.
-¿Qué dice V., buen hombre?
-Que ahí pasó un llobetu, una jueya que no se leyó; ¡léase!
-¿No había en su pueblo otra persona que lo representara mejor que V.?- le preguntó el relator.
Y contestó el de Arenas:
La campana se tocó, [a concejo]
todo se vio, y todo se miró;
cagatintas como V. habría muchos,
pero hombres como yo, no.
Durante los veinte días que están los pastores de Arenas en las Vegas, las cuales se hallan a 1065 metros de altura, viven en una cueva; en ella pasé yo dos noches durmiendo sobre inabios.
Frente a esta cueva se alza, formando grandioso anfiteatro, la pared Oeste del macizo oriental: Pico Deboro, 2133 metros de altura; Piqueta de Valdominguero, 2270; Tabla de Lechugales, 2445. Esta es la altura máxima del macizo, a cuyas cumbres no he subido; solamente anduve por sus laderas.
El día 16 amanece espléndido; las pastoras, luego de hacer el ordeño, mazan en el ballicu cogiéndolo por la piétana y la colluga; y al son del chaca chaca que hace la leche al moverlo acompasadamente, entonan canciones de trabajo rítmico:
Mázate, mantega,
y éntrate en míos ñates,
primero yo te coma
que el amu de les vaques.
"Ahora, -me dijo una anciana-, cuesta mucho dinero vestir. Antes hacíamos toda la ropa en casa: trajes de sayal, de la lana de nuestras ovejas, hilada por nosotras; camisas de lino, hiladas también por nuestras manos, y corices, hechas del pellejo de nuestras cabras; lo único que se compraba para los hombres era la montera; pero ahora"...
A las ocho de la mañana organizamos una excursión a la falda Oeste de Peñavieja; me acompañan cuatro jóvenes pastoras : Mariana Díaz, Paulina Espina, María Dolores Fernández y Florentina Borbolla.
-Nos lleva V. la flor de las Vegas- me dijo un pastor...
Dejamos atrás la fuente de Toyullobu, y a las nueve y cuarto llegamos a la Raya, punto situado a 1275 metros de altura, límite de los pastos del pueblo de Camaleño -Santander- con los del concejo de Cabrales.
-¿Sabe V. cómo se hizo la división de estos pastos?- me preguntó una de mis bellas acompañantes.
-Algo oí en Arenas. Pero cuénteme V., aquí sobre el terreno, cómo arreglaron el asunto.
-Los vecinos de Arenas y Camaleño disputaban entre sí frecuentemente sobre el límite de los pastos. Y para acabar de una vez con las disputas, acordaron que al primer canto del gallo, saliera de cada pueblo litigante un vecino en dirección hacia aquí, a paso ordinario, y en el punto donde se encontraran se fijaría el límite.
Cada pueblo mandó al otro una persona para vigilar la salida y acompañar al que había de hacer el recorrido. Pero los de Camaleño emborracharon al gallo, y entonces, le dio por cantar; como estaba alegre cantó mucho primero que el de Arenas.
El vecino de Camaleño, cuando llegó aquí, dijo:
-Ya tenemos bastante terreno acotado.
Y sentóse a esperar a que llegara el vecino de Arenas. Entonces se fijó el límite. Aquí está la raya grabada en la peña.
Esto que me contó la pastora, se cuenta en toda la comarca. Continuamos la marcha por un camino bastante bueno. Llegamos al Redondón, peñasco enorme, al lado del cual se puede descansar a la sombra (ph_27).
A las diez y media entramos en la Llomba del Toro, cumbre denominada así porque su perfil se parece al lomo de un toro.
En la vertiente Oeste del macizo central, en la margen izquierda del río Duje, se ven las cuevas de Orán, donde viven los pastores de Baró -Santander-. Y frente a las cuevas, las inmensas praderas del puerto de Aliva: Campomayor y Campomenor. En el primero está la capilla de la "Santuca" -Virgen de la Salud-. A su fiesta, que tiene lugar el dos de julio, asisten miles de personas de Liébana y de los pueblos de las montañas de Asturias. Sobre la verde alfombra del campo se celebran animados bailes al son de panderos, se corre la rosca por parejas, y a veces, se organizan carreras de caballos de monte.
Marcaba el sol las doce cuando llegamos al chalet construido por la Real Compañía Asturiana (ph_28), -que explota las minas de Altaiz, en Lloroza-, al pie de Peñavieja, para hospedar a S. M. el Rey D. Alfonso XIII, cuando viene a cazar rebecos en estas cumbres, habiéndolo hecho por primera vez en 1905, fecha en que los Ayuntamientos circunvecinos determinaron fijar una gran extensión de los Picos para coto de caza y ofrecérselo al Monarca. La espera que ocupó S. M. aquel año, al Sur de Peñavieja, a una altura de 2407 metros, hoy se llama Tiro de Alfonso XIII.
Las pastoras y yo nos sentamos a comer sobre un campo donde florecen la manzanilla y la violeta; todo aquí es poesía. El paisaje aparece bañado suavemente por el oro del sol que cae del pálido cielo. En las cumbres, cubiertas de nieves perpetuas, ruedan blancos vellones, que luego se deshacen dibujando espirales en el espacio. En las laderas pacen rebaños de cabras y ovejas, cuyo color se confunde con el de las peñas; y en el aire, perfumado por esencias misteriosas, vibran voces blancas que salen de idílicas cabañas...
Este ambiente pastoril, y el hallarme próximo a Espinama y a Bores, me recuerda las serranillas que escribió el marqués de Santillana hablando de sus amoríos con una pastora de esta comarca:
Moçuela de Bores
allá dó la Lama
púso m’ en amores.
Cuydé que olvidado
amor me tenía,
como quien s’ avía
gran tiempo dexado
de tales dolores,
que mas que la llama
queman amadores.
Mas ví la fermosa
de buen continente,
la cara placiente
fresca como rosa,
de tales colores
que nunca vi dama
nin otra, señores.
Por lo cual: "Señora
(le dixe) en verdat
la vuestra beldat
saldrá des d’ agora
dentre estos alcores
pues merece fama
de grandes loores".
Dixo: "Cavallero,
tiratvos a fuera,
dexat la vaquera
pasar el otero;
ca dos labradores
me piden de Frama,
entrambos pastores".
"Señora, pastor
seré si queredes:
mandarme podedes
como a servidor:
mayores dulzores
será a mí la brama
que oy ruiseñores".
Así concluimos
el nuestro proceso
sin facer exceso
e nos avenimos,
e fueron las flores
de cabe Espinama
los encubridores.
Contemplamos largo rato el ingente murallón Oeste del macizo central, coronado de cuchillas amenazantes y esbeltas agujas, sobresaliendo entre ellas Peña Vieja, cumbre más alta de esta barrera, semicircular, erguida sobre el Duje. Luego emprendemos el regreso por la orilla del río, que desciende rumoroso acariciando las flores que se mecen en sus orillas. En torno nuestro danzan multitud de mariposas de bellos colores, las cuales abundan aquí de una manera increíble...
En la Raya, nos sentamos a descansar, y la gentil pastora Mariana Díaz entonó varios cantares:
No subas, zagala, no subas;
no subas a los collados;
hay un letrero que dice:
pasa, niña, con cuidado.
En hora y media bajamos del chalet Real a las Vegas, cuyo paisaje causa tristeza (ph_29). Me despedí de los pastores y tomé el camino de la llanura. En el invernal del Texu, para atajar, me metí por la fragosa Canal de Indias, paso bastante peligroso y desconocido para mí; perdí el sendero dos veces, y llegué a tener miedo porque invadieron la Canal espesas ola de niebla. Por fin salí a Tielve (ph_30); y de aquí, por el camino de herradura descrito anteriormente, bajé a Poncebos, y luego a Arenas. Desde este pueblo se tardan ocho horas en subir, a pe, al chalet Real. El viaje puede hacerse a caballo, cómodamente, excepto el paso de la Canal de la Rumiada.
DE ARENAS A PORTUDERA
Portudera o Puerto de Era, que de las dos maneras le llaman en la comarca, es una estribación del macizo oriental.
Su cumbre más alta sobre Tielve es de 1374 metros. Pertenece a la parroquia de Arenas, y desde la primavera hasta el otoño, sus abundantes y buenas hierbas alimentan a mucho ganado vacuno, lanar y cabrío, que pernocta en las majadas de Somas, Ordiales, Cuetapón, Espinas, Tresmialma, Coprevidi, Humardo, Tordín y Antrejano.
Lo importante de este puerto, ya en los tiempos remotos, la demuestra la calzada romana que conduce a su cumbre por la vertiginosa ladera de Peñacaoru (ph_31).
A las tres de la tarde del ocho de Agosto de 1923, salí de Arenas para Portudera. En el Collau del Castiellu me encontré con una joven pastora que bajaba cantando por la montaña.
Luego de saludarnos me preguntó:
-¿Va V. para la majada de Tordín?
-Sí.
-¿No dejunará por aquí arriba?
-Conozco el camino.
-¿Quiere V. unos prunos? ¡tómelos!
-No, Alejandrina, muchísimas gracias.
-No mi jaga V. ese desprecio, que se los da una pastora.
Los tomé muy agradecido y luego me dijo:
-Ha de ir a nuestras cabañas; los pastores de la majada de Humardo queremos verle a V. por allí; lo trataremos bien; no mejor que los de Tordín, pero se hará lo que se pueda.
-Iré... Sangra usted por una mejilla, ¿qué ha sido eso?
-Que al atravesar un matorral pinchómi un escayu.
-¿Y si le queda a V. ahí una señal?
-¡Va! ¿Una señal en una cara hermosa? ¡No es cosa!
Y marchó riendo a carcajadas. ¡Pobrecita! Nadie volverá a oír su risa argentada ni el eco de sus dulces canciones. ¡Ha muerto!
Subo admirado la belleza del paisaje, y esta calzada, una de las más notables de España, por lo difícil de su trazado. Es una verdadera obra de ingeniería romana. Desde el Collau del Castiellu, punto de su arranque, hasta lo alto de Plubia, final de la escarpa, hay cuatro kilómetros y medio desarrollados en zigzag con cuarenta y cinco curvas, para salvar una altura considerable.
Luego se encuentran algunos trozos de esta vía, en el Poyo, Jou de la Llegüerea, las Cuerres, Posadoriu de las Conchas y Antrejano.
En el trayecto hay cinco fuentes; la primera en el Retreite, y siguen Fuentemala, -llamada así porque su agua no es potable-, la Canal, Llegüerea y Cuerres.
A las seis y media llegué a la majada de Tordín, hermosa vega, semidividida en dos -llamadas Cotiñosa y Grayera- por un cueto que avanza como un cabo por el extenso campo, dentro del cual pernoctan más de mil cabezas de ganado. Si hace frío se recoge en cinco grandes cuevas que hay alrededor de la majada.
Las cabañas son de piedra, cubiertas con teja; están divididas en cuatro departamentos: la cocina; el horru; la cabritera, y la cama. El pueblo pastoril lo forman ancianos, jóvenes y niños.
Es la segunda vez que llego a Tordín, para pasar una temporada en compañía de estos buenos pastores que me reciben siempre con un cariño y una hospitalidad que jamás olvidaré. Son los que hemos visto en la cueva de las Vegas de Sotres.
En cuanto llegué, me obsequiaron con leche fría y pusieron a mi disposición una cabaña; su dueña se va a vivir con otras pastoras mientras yo permanezco en la majada.
ESCENAS PASTORILES
A las siete de la tarde comienzan a llegar centenares de cabras y ovejas, y se suben al cueto que hay en el centro de la majada. Las pastoras gritan con voz argentina y acariciadora:
-¡Venid, las mis cabrinas! ¡Chicha, jooo! ¡Ah, la igüera mía! ¡Chiii! ¡Aparta, jooo! ¡Toma! ¡Quirrr! ¡Ah, la mi cabrina, simplona!
Las cabras se acercan a las pastoras y toman de la salera -especie de petaca de sayal- un bocado de sal, y se retiran lamiéndose.
¡Qué cuadro más interesante! Mugen las vacas. Los jatos iñan en los bellares. Balan las ovejas. Las zagalas, acompañadas por el tintineo de campanillas y cencerros, cantan canciones pastoriles:
Estoy ronca y ya no puedo
entonar la mi tonada;
soy pastorina en el monte
y me dañó la rosada.
Comienza el ordeño. ¡Qué gritería arman las pastoras en lo alto del cueto!
-¡Ven acá, jooo! ¡Estate quieta, pinta! ¡Ay, que cabritina, cuántas monadas haces antes de darme la leche! ¡Ven acá tú, que estás avinada, picarona! ¡Ah! ¡Ah! ¡Quirrr! ¡Au, au!
A las cabras les gritan: ¡jooo!, y a las ovejas, ¡jeee!
Cuando las pastoras están ordeñando, si se acerca a ellas alguna cabra en busca de más sal, le escupen en el hocico, lo cual le produce un efecto desagradable, la hace estornudar y se retira para no volver...
Los últimos rayos de sol se apagan en las altas cumbres. La noche se va extendiendo sobre la fresca majada, y las estrellas empiezan a parpadear en el profundo azul del cielo. La joven pastora Mariana Díaz, dueña de la cabaña donde me hospedo, entró, y me dijo:
-Ahora voy a preparar para V. y para mí una cena de pastores. No le damos la gloria porque ésta nadie puede darla más que Dios; pero si gloria tuviéramos, gloriale dábamos a usted.
Encendió el fuego con leña de haya, remangó los brazos hasta los codos, y en una fuente amasó harina de maíz con agua y un poco de manteca fresca. Cubrió la presuga con un paño blanco, sobre el cual colocó la pasta, y con sus manos perfumadas por el aroma de florecillas silvestres, le dio palmaditas hasta formar una torta alargada. Todas estas labores las hacía sin cesar de cantar (ph_32).
Puso la torta al fuego sobre el tortero ingrientu, y con una varita la golpeaba de vez en cuando. Parecía un hada. Como si obedeciera al conjuro de sus cantares, la pasta adquirió hermoso color dorado.
-Ahora, -me dijo-, voy a hacer unos fritos que va V. a chuparse los dedos con ellos. Después no vendrá mal una tortillina.
Cortó unas tajadas de pan, las empapó en leche y las frió con manteca. Luego envolvió el reyu y coló la leche por él.
-Ya está la cena. Torta caliente; fritos de pan; una tortilla de huevos, leche y queso. ¡A cenar!
La luz de un candil alumbra suavemente la cabaña. La pastora colocó los platos en un banquito cubierto con un mantel; nos sentamos en sendas tayuelas y cenamos con buen apetito la modesta cena, durante la cual me pareció que estábamos representando una escena de una novela pastoril.
Luego de cenar, paseo por la majada en compañía de los pastores. Y Aurora Díaz, zagala de 17 años, flor de la montaña, me dice:
-Mire V. allá, enfrente, el Naranjo de Bulnes; parece un gigante saliendo sobre los peñascos. ¡Y qué cielo! ¡Mire, mire usted qué guapa está la carrera de Santiago! ¡Y el Carro Triunfante! ¡Y las tres Marías! ¡Cuántas estrellas se ven ahora!, ¿verdad?
-¡Sí! Es una noche rica en estrellas, de hermosa luna creciente.
Continuamos nuestro paseo respirando los delicados perfumes de la manzanilla y el brezo, viendo el ganado descansar rumiando sobre la alfombra tejida de hierbas refrescantes. Ladran los perros de vez en cuando; un zagal tañe la mueya para espantar a los lobos. En la Grayera se oyen melodías que emocionan y elevan el alma a las regiones infinitas:
Amores tengo al Oeste,
amores al vendaval;
los que más estimo y quiero,
al lado del Norte están.
cantó una pastora que subía por el cueto de la majada. Parece que recibimos las caricias de un soplo divino. Los rayos de la luna entran por los ventanales del roquedal e iluminan los palacios de la noche, cuyas torres afiligranadas irradian haces de luz nacarada.
¡Qué sombras más fantásticas proyectan las rocas!...
-¿Le gustan a V. los cantares de estos puertos? -me preguntó Mariana (ph_33).
-Sí, me gustan mucho.
-Pues en su libro Del folklore asturiano publica V. un cantar sobre los pastores que no van a misa; dice así:
Los pastores en el monte,
por cuidar los animales,
ni oyen misa los domingos
ni visitan los altares.
¡Ah! En estas montañas tenemos otro más bonito:
Mis amores son pastores
que no bajan a poblado;
allí tienen una ermita
donde rezan al rosario.
Cantar que pone de manifiesto nuestra fe religiosa.
-¡Es verdad!
A las once de la noche nos retiramos a dormir. Y al echar el aberruyu a la puerta de mi cabaña, ruego a los pastores me llamen a la hora en que ellos se levanten; no quiero perder un detalle de los magnificados amaneceres que desde aquí puedo contemplar...
Comienza a riscar el alba. Se apagan las estrellas. Ya está en pie el pueblo pastoril. Los lobos se retiran a sus guaridas ocultas en las Oyeras de Juan de Poo. El águila deja el alto roquedo y se cierne majestuosa sobre las cañadas, esperando la ocasión de precipitarse sobre un cordero. De la cueva de la Grayera salen bandos de grajos y se posan sobre el campo, emitiendo graznidos prolongados, como si los estuvieran martirizando. Se oye el rumor de insectos, y el canto de las "pajarinas de las nieves". Todo es ritmo y sonido. Las cabras, entre las que rebrinca el celoso macho, coronan el cueto de la majada. Las pastoras entonan canciones que llenan el espacio de armonías; hacen el ordeño y vuelven a la cabaña con las vasijas rebosantes de espuma; y luego de peinar sus cabellos, mirándose en el cristal de la fuente, se alejan con el ganado en dirección a los pastos floridos y empapados de rocío perfumado.
Entre tanto, la aurora cubre suavemente de color rosa claro la corona del Naranjo y su corte de rocas escarpadas. Los Picos de Europa aparecen iluminados por tonalidades que producen sensaciones sonrientes. Pero esto no dura mucho, porque los primeros rayos del sol funden la tinta rosada de la montaña y la visten de plata brillante... (ph_34 y d_2)
Me alejo un poco de la majada para subirme a la vertiginosa cúspide del Pico Aliveros, sobre Tielve, con el objeto de administrar el grandioso panorama semicircular formado por los tres macizos de los Picos de Europa. Creo que este es uno de lo mejores puntos de vista de tierra española. Al asomarse por encima de esta cumbre, se prorrumpe en un grito de admiración.
¡Cómo describir tanta belleza! Se contempla el macizo occidental, desde Camarmeña a Peña Santa de Castilla, pasando por las majadas de Ostón. La vertiente Norte del macizo central, bañado de luz y coronado de torres cuyas agujas se hunden en el cielo; de Oeste a Este, los Picos de Albo; El Neverón; Torre de Cerredo; Torre del Llambrión; Tiro de Alfonso XII; Tiro de la Torre; Las Moñetas; Peña Castil; Cabeza de las Moñas...; y en el centro del torredal, en primer término, aislado en oposición orgullosa, se yergue el Naranjo de Bulnes. La pared Oeste del macizo oriental, desde la Tabla de Lechugales a la Llomba del Toro.
Mirando al Norte, la vista se recrea gozosa ante los picachos que se alejan formando escalones descendentes hasta las estribaciones de la sierra de Cuera, que se ve en toda su longitud; y el caserío que se esfuma entre alfombras de esmeraldas, blanqueando como las montañas; y en último término, la mar azul besándose dulcemente con el cielo...
A las doce regresan los pastores a sus cabañas y comienzan a transformar la leche en queso. La de vaca, ordeñada al oscurecer, la ponen al fresco durante la noche en un vejigu colgado del arrudu hincado en lo alto de una peña. Con esta leche hacen manteca.
En la cabaña tomo nota de las operaciones que hace la pastora Mariana. La leche puesta a cuayu la revuelve con un cucharón para separar el suero de la cuajada; ésta, como más densa, se va al fondo de la vasija, quedando el suero encima; la operación dura unos veinticinco minutos.
La pastora, de vez en cuando, suspende la faena para avivar el fuego, al cual está puesta nuestra comida, y alegra la cabaña cantando:
En el monte nací yo:
donde nacieron los robles,
donde nació la madera
para los escarpidores.
Separó el suero de la cuajada, a la que echó sal, y la colocó en el arniu, aro de corteza de árbol, semejante a una cestita. Este procedimiento es tan primitivo como el que se usaba en los tiempos de Homero.
El cíclope Polifemo, a la vista de Ulises,
ordeñó con todo esmero
las ovejas y cabras baladoras...
La mitad de la leche que sacaba
cuajó y acomodóla en canastillos.
Luego puso el arniu encima de una tabla que está a cierta altura del fuego, donde la cuajada permanece curando veinticuatro horas o algo más; en curando se deposita en el departamento de la cabaña llamado horru, "hasta que tenga cardenillo". Entonces se lleva a una cueva, que visitaremos dentro de un momento.
Esta pastora ha sido alumna de la Escuela de Industrias derivadas de la Leche, de Arenas de Cabrales.
Estamos sentados en la majada, a la sombra de un peñasco. Los pastores me recitan romances y cuentos, que traslado inmediatamente a mi cuaderno.
-¿Sabes hablar por la turulla?- le pregunté a un pastorcito.
-No sabrá- dijo Mariana; pero a propósito de esto le contaré un caso que ocurrió en esta montaña:
Estaban dos pastores en la cueva del Jouz del Cuevu, y en esto llegaron los ladrones y les mataron una cabra. Al castrón no pudieron matarlo porque se les escapó. Entonces, los pastores determinaron dar cuenta del caso a dos compañeros suyos que estaban en la cueva de Lutrera, para lo cual uno de ellos se subió encima de un peñasco y dijo con la turulla :
¡Compañeros de Lutrera!
Oíd la mi turullera,
que la cabra marmellada
en cecina está asada,
y el castrón, col cencerrón,
en el pico hace ¡tin, ton!;
dilo en casa, dilo fuera,
y a mi madre la primera;
no lo digas a mi tía,
que de pena moriría.
Y con este aviso acudieron los vecinos y prendieron a los ladrones.
-Mariana, -dijo un pastor-, cuéntanos cómo se salvó aquel cabraliegu que iban a ahorcar.
-¡Ah, sí! Un mozo de Cabrales emigró a tierra lejana y allí echó novia; pero sucedió que un individuo de aquel país abusó de ella. Entonces el de Cabrales lo mató. Esto no estaría bien; pero... vamos... tiene disculpa... El caso es que con disculpa o sin ella lo condenaron a ser ahorcado. Y cuando llegó al patíbulo, vio allí al juez que lo podía perdonar, el cual era de Arenas de Cabrales.
Entonces dijo el reo:
-¡Señor juez!: ¿Puedo hablar?
-¡Hable usted!
Y habló de esta manera:
¡Adiós, la Torre del Ciego,
Torre de la Panadera!
¡Adiós, al Pared-moyades,
Banoria con su cotera!
¡Adiós, la casa de abaxu,
casa de Juana Porrera!
¡Adiós, al Cotera-llaciu,
coterín de la Jelguera!
¡Adiós, al Cantu-palomar,
donde yo tocaba la mueya!...
El apéndice del facsímil escrito por Modesto González Cobas
agrega los siguientes versos:
Adiós riega la Collada,
la oberiza dicen que era
donde se pierden las cabras
sin parecer pelo d’ellas.
Adiós la vega de Miñances,
adiós la florida vega,
adiós el pellín edrao,
adiós casa de Juaco Guerra,
adiós al collau cabrío
riega de la Culibrera
-Ese es de mi pueblo -dijo el juez-. Por los sitios que nombró el reo, anduve yo cuando era rapaz. Soltadlo y que se vaya inmediatamente para Cabrales.
-No los hay más listos que los cabraliegos- dijo una zagala.
-Es verdad- le conteste yo.
A las tres de la tarde voy con un grupo de pastoras a la cueva de Morrecéu, lugar donde ponen el queso para que "ablande con el frío", y entonces lo llevan al mercado.
La entrada de la cueva es chiquita. Antaño penetraban en ella secretamente, en días de niebla, o por la noche.
Después de avanzar un poco se llega al "salón", del cual parten varios pasillos que comunican con departamentos ornados de estalactitas y estalagmitas. En cada departamento tiene cada pastor sus quesos puestos sobre llábanas. La temperatura es baja.
Metí el candil que nos alumbraba por una aspillera abierta en un haz de columnas estalagmíticas, para ver qué había allá dentro, y quedé gratamente sorprendido al contemplar una cámara pequeña, cuyas paredes están formadas por vitrificaciones brillantes y encajes arabescos. Del techo penden candelabros de filigrana, y el suelo está alfombrado con esferitas calcáreas semejantes a perlas. Pienso si esta cámara será la habitación de la Xana que protege a los habitantes de Tordín...
En el "salón" me dijeron las pastoras:
"Ya ha visto V. cómo hacemos el queso; si escribe algo sobre ello, diga que no es cierto lo que cuentan por esos pueblos de Dios: que lo metemos entre estiércol seco para que fermente. ¡Qué ignorancia!".
Yo también oí alguna vez esto que me dicen las pastoras. Y digo con ellas: ¡Qué ignorancia! Quiero hacer constar que el queso que se fabrica en esta zona asturiana, llamado "queso de Cabrales", se fabrica con toda limpieza, siguiendo las manipulaciones que he escrito arriba.
Salimos de la cueva y nos encontramos con la montaña cubierta de neblina. Se oyen voces en la lejanía: ¡Ou, ou!, a las que contestan las pastoras, y una de ellas rompe a entonar canciones:
Esta ronquera que tengo
me la cogí en la majada
con el sol, con el nublado,
el orbayu y la rosada.
Hace tres días que orbaya, y la niebla continúa agarrada a las peñas. Los pastores no alejan el ganado de los aledaños de la majada; dicen que "día de niebla día de lobos", y para auyentarlos tocan turullas, mueyas y bígaros. El ambiente, y los cantares que entonan, producen melancolía:
¡Qué triste llega el pastor
a la cabaña, mojado;
todito lo disimula
si no le falta el ganado!
Los lobos entran bastantes veces en las majadas, por la noche. El 9 de agosto de 1925, estábamos durmiendo tranquilamente es esta de Tordín, y a eso de las doce nos despertó el ruido espantoso que metían las mil y pico reses al huir de los lobos. El badajeo de los cencerros infundia pavor. Los pastores salieron de las cabañas gritando:
-¡Jou, ladrón; jou ladrón!
Y un pastor llamado Raimundo Caso, gritaba a las pastoras:
-¿Qué hacéis ahí paradas? ¡Mala centella vos parta a vos y a los perros! ¡Quis, quis! ¡toma! ¡Jou, ladrón; jou ladrón! ¡Ajoquiar las cabras por el cueto, puñefleras!
Las pastoras corrían en todas direcciones para atajar a las cabras; pero éstas ya estaban encaramadas en las peñas.
Por fin se calmó el ganado; pero se quedó en el mismo sitio donde se refugió, hasta el día siguiente. Los lobos no consiguieron matar ninguna res.
Otra escena como esta la presencié aquí mismo la noche del diez de agosto de 1926. Entonces, los lobos se llevaron una cabra e hirieron una oveja. Yo me herí ligeramente contra un espino por proteger a la zagala de 15 años Eulogia Nava (ph_35).
Los ataques a las majadas, los hacen los lobos alrededor de las doce de la noche.
Es casi creencia general que las caballerías, cuando las acometen los lobos, forman una circunferencia, con la cabeza hacia el círculo, en el que meten la cría, si la tienen, y que se defienden con las patas traseras.
Esto no es cierto. ¿Cómo es posible que ningún ser vuelva la cabeza para defenderse del enemigo que le ataca? Desgraciadas de las caballerías si se defendieran así.
Forman un cerco que nunca pudieron romper los lobos; pero lo forman con la cabeza hacia fuera, y se defienden a mordiscos y con las manos. Y si en la yeguada hay "caballo padre", éste no forma con las yeguas, las defiende corriendo de lado, alrededor de ellas y cara a los lobos, que procuran separarlo de allí y hacerle correr. Si consiguen esto, entonces lo matan hiriéndole en el cuello o en el vientre.
Las caballerías no forman el cerco cuando están próximas a una escarpa o roca tajada. Entonces se arriman a ella formando en línea, cara a los lobos. Y cuando un caballo está solo, se defiende por el procedimiento de arrimarse a una peña o a un árbol; si no tiene donde arrimarse su muerte es casi segura.
Aunque no se presencie una lucha entre lobos y caballos, se sabe muy bien cómo se colocaron estos para defenderse, porque lo indican las huellas que dejan sobre el terreno las herraduras, cuyas semicircunferencias aparecen en dirección al árbol, a la escarpa, o al círculo.
Las caballerías, cuando barruntan el peligro, se llaman para reunirse, por medio de relinchos altos y cortados.
-Ji, ji, ji, ji...
Las vacas también forman el cerco, -y meten las crías dentro de él-, cara a los lobos, y la cabeza gacha, en disposición de embestir al enemigo y lanzarlo por el aire.
Los caballos y vacas que desde la lejanía oyen los relinchos y los berridos del ganado que se está peleando con los lobos, relinchan y berrean de manera menos alarmante, como para ponerse en guardia contra un peligro posible...
Ha desaparecido la niebla. El ambiente está lleno de luz y de perfume. Después de la siesta voy con los pastores a hacer una visita a los de la majada de Antrejano, que dista de Tordín poco más de un kilómetro.
Por el camino encontramos un joven pastor, vecino de Tielve. Se acercaron a él tres zagalas de nuestro grupo y le preguntaron:
-¿Dónde vas por aquí arriba con ese jocicu tan arrugau y esos zambarcos reventados?
-Los zambarcos reventélos anoche por bailar; y el jocicu arrugósemi en cuanto os vi venir; porque yo iba a vuestra majada a daros jiga.
-¿Jiga a estas horas?
Las zagalas se dirigieron una mirada de inteligencia, cogieron al pastor y le tumbaron sobre el campo. Luego comenzaron a peñerarlo, operación que consiste en coger a uno de los pies y los brazos y zarandearlo rápidamente en el aire.
El pastor se retorcía por desprenderse de las bravas zagalas. Estas, cuando se cansaron de peñerarle, escupiéronle con desprecio en cierta parte y le dijeron:
Mozu peñerau
non sirve pa casáu.
Y echaron a correr riendo a carcajadas. La escena fue graciosísima y rápida.
Es costumbre entre las pastoras de estos puertos -también existe en otros lugares de Asturias-, peñerar a los mozos, que se defienden cuanto pueden, sin emplear la violencia, para librarse de ser peñerados; esto lo consideran como una afrenta.
Las zagalas que cometieron la travesura, van delante de nosotros cantando:
Aunque vivo en este puerto,
donde la neblina posa,
no voy a la tú cabaña,
galán, por ninguna cosa.
En la majada de Antrejano pasamos una hora en agradable compañía con los pastores de aquel cabañal.
Dice un autor (Juan Guerra Díaz), que "la etimología de Antrejano puede derivarse de las palabras antrum (cueva) y janus, que como en la majada hay una cueva, pudieron los romanos consagrarla al dios Jano. Y de aquí, antrum de Jano, antrejano".
Al extremo de la majada, en una ladera que mira al Sur, hay una pequeña cobacha sin importancia alguna, e impropia para servir de templo a una divinidad romana. Los romanos erigían a sus dioses templos suntuosos.
Viniendo de Sotres, la antesala de Portudera o Puerto de Era, es antrejano. ¿No será antoxano, > antexano, anteostianu, igual que antoxana o antojana?...
Las pastoras mientras pace el ganado, leen libros, fabrican el queso, cogen manzanilla, jenciana y orégano; lavan, cosen y hacen otras labores domésticas.
Los pastores cogen tila, que venden a treinta y cinco pesetas la arroba, precio bastante pequeño si se tiene en cuenta el peligro que corren al cogerla de los tilos, porque éstos están al borde de grandes precipicios.
Los domingos juegan a los bolos en las majadas, y la juventud se divierte honestamente bailando al son de un tambor o pandero acompañado de cantares:
Antrejano lleva el ramo,
Humardo lleva la flor;
en Tordín las buenas mozas
¡Ya lo creo que lo son!
En el mes de setiembre todos los pastores abandonan los Picos de Europa y llevan sus ganados a los invernales que tienen en los aledaños del pueblo.
EL NARANJO DE BULNES
Desde Posadoriu de las Conchas, atalaya situada sobre Tielve, no me canso de admirar la sublime belleza de estas montañas, que brillan como bloques de plata. Con mis prismáticos Goerz examino todas las arrugas del Naranjo y me parece imposible que nadie le haya culminado.
Ante la vista del monumento me pongo a pensar (ph_36): ¡Si yo pudiera conseguir que apareciera sobre el Naranjo una señal visible desde varios kilómetros a la redonda!... Lo intentaré; porque poco a poco va aumentando la leyenda que asegura que nadie estuvo sobre él.
Algunos alpinistas preguntan a los pastores, señalando al coloso:
-¿Es cierto que han subido allí algunas personas?
-Eso dicen; pero nosotros no las hemos visto subir...
Estoy tomando notas en mi cuaderno, y de pronto Aurora Díaz, la pastorina que tanto le gustan las noches estrelladas, me da los prismáticos y me dice:
-¡Mire V. hacia allí! Me parece que por encima de aquel ren va un rebeco dando saltos.
Es verdad: por encima de la cresta afilada camina el animal a toda velocidad. Esto me recuerda un personaje de Ibsen: Peer Gynt montado sobre el íbice, corriendo a lo largo de un crestón tajado sobre el fiord...
El día 20 de agosto marché de la majada de Tordín con intención de volver años sucesivos, como así lo vengo haciendo hasta ahora. Los pastores me despiden cariñosamente. ¡Cuánto me alegro ser amigo de ellos! Tener amigos en las montañas astúricas (ph_37), cerca de las fieras, es un encanto!...
En Arenas de Cabrales se acercó a mí un rapaz y me dijo con mucho misterio:
-Aquel que está allí es Víctor Martínez, el que sube al Naranjo.
Fui a donde estaba Víctor, y le pregunté:
-¿Ha subido V. a la cumbre del Naranjo?
-Sí, señor.
-Pues los vecinos de V. no lo creen.
-Ya lo sé; dicen que allí no ha subido nadie. Sin embargo, yo he subido para bajar la cuerda que había dejado allá el señor marqués de Villaviciosa de Asturias, en 1904.
-Le doy a usted doscientas pesetas si coloca en la cumbre del Naranjo la bandera española, sujeta a un asta de fresno, de cinco metros.
-Lo pensaré.
Al día siguiente, muy de mañana, se me presentó Víctor y me dijo:
-Aquí tiene V. el asta de fresno y una bandera española de tres metros y medio de largo; mañana flotará sobre el Naranjo.
-¡Qué bárbaro!
Mientras el pastor de Camarmeña iba caminando por las rocas cortantes, al borde de los precipicios que rodean el trono del rey menhir (ph_38), cuya corona va a engalanar con la bandera española, me fui de excursión a Alles, como ya dije.
Declaran varios autores, que el nombre Naranjo proviene "del color anaranjado que tienen los estratos de su roca caliza". La explicación es poco satisfactoria; los naturales del país lo llaman Picurriellu.
Me puse a investigar entre los habitantes de la comarca el porqué del nombre Naranjo. Y el vecino de Arenas Basilio Díaz, de 53 años de edad, me dijo en la majada de Tordín, a la puerta de su cabaña:
"Desde tiempo inmemorial, los habitantes de Cabrales emigran a Sevilla; yo también emigré a aquella ciudad...
Se cuenta por aquí, que un día estaban varios cabraliegos sentados en el muelle de Sevilla, comiendo naranjas, y les dijo un sevillano:
-En Asturias no habrá naranjas tan grandes como estas, ¿verdad?
A lo cual contestó un cabraliego de Bulnes:
-En mi pueblo hay un naranjo que durante seis meses al año da naranjas que pesan más de cuarenta quintales cada una.
-¿Qué naranjo es ese?- preguntó el sevillano.
-El Naranjo de Bulnes.
Al cabraliego se le ocurrió decir esto porque en el invierno, de lo alto del Picurriellu caen montones de nieve que marchan rodando en forma de bolas metiendo un ruido de todos los diablos; aquello parece un árbol cuando le tira la fruta el viento.
Y lo que ocurrió en el muelle con el sevillano y el vecino de Bulnes, ha dado lugar a muchas bromas; después, el cuento corrió por aquí, y los que escriben libros, al Picurriellu dieron en llamarle Naranjo; nosotros nunca la llamamos así. Además, no se por qué lo sitúan en Bulnes estando a cuatro horas de este pueblo".
Este coloso, visto desde el septentrión, tiene la forma de un truncado, de "500 metros de altura". Se alza en medio de un caos de rocas rematadas por agujas fantásticas.
Un día, el marqués de Villaviciosa de Asturias examinó el peñasco por todas partes y dijo para sí:
"Trepar por esta roca pelada, con un precipicio a la derecha y otro a la izquierda, y desde su cima contemplar un grandioso panorama, es un placer soberano. ¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas si un día llegase a mis oídos la noticia de que algunos alpinistas extranjeros habían tremolado con sus personas, la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias, en mi cazadero favorito de rebecos?"...
El día cinco de agosto de 1904, a la una y cuarto de la tarde, el marqués llevó a cabo su obra; le acompaño en la ascensión Gregorio el Cainejo, vecino de Caín, gran trepador de rocas.
En 1905, Fontán de Negrín realizó una excursión a los Picos de Europa, y cuenta que le dijo el Cainejo:
"Allá en vuestro país dicen que hay montañas de hielo y que hay picachos muy peligrosos; pero me parece que ninguno será tanto como nuestro Naranjo; venid a verlo".
Sallés, el guía de Gavarnie, que nos acompaña, está un poco humillado. Luego, cuando el Cainejo vio nuestras cuerdas, dijo:
-Bueno, bueno; yo les ataré a ustedes y subirán el uno después del otro.
Hemos fracasado. A pesar de la habilidad y valentía de Gregorio, que durante varias horas nos ha izado colgados de la cuerda, marchando él con los pies desnudos, buscando en vano un punto de apoyo, nosotros no nos hemos determinado a continuar. Siempre hemos tenido bajo nosotros y sobre nuestras cabezas el vacío. El primero que se ha batido en retirada he sido yo; por vez primera he sentido el miedo más profundo...
¿Nosotros hubiéramos querido que los colores franceses flotaran en la cumbre del Naranjo unidos a los de la brillante bandera de la nación amiga? (Fontán de Negrín).
El día primero de octubre de 1906, el geólogo bávaro don Gustavo Schulze que recorría los Picos de Europa en viaje de estudios científicos, subió solo a la cumbre del Naranjo con ayuda de grampones y una cuerda.
Y el día 31 de agosto de 1916, Víctor Martínez vio que de la cumbre del Naranjo pendía una cuerda que había dejado allí, en 1904, el marqués de Villaviciosa de Asturias, y subió a por ella...
Oscureció el día 22, y Víctor no había regresado. Pasé la noche intranquilo pensando si le habría ocurrido una desgracia. Al día siguiente, muy temprano llamaron a la puerta de mi habitación y me dijeron:
-Aquí está Víctor; dice que ha colocado la bandera española sobre el Naranjo.
Salí corriendo y abracé al atrevido cabralense.
Víctor Martínez nació en Camarmeña; tiene cuarenta años de edad y se dedica al pastoreo. Es de pequeña estatura, delgado, flexible. He aquí la narración que me hizo de su ascensión al Naranjo:
-Con arreglo a las instrucciones que V. me dio, corté un palo de fresno de cinco metros de largo para sujetar en él la bandera. Puse el palo al hombro y eché a andar hacia allí.
-¿Dónde vas con ese palo?- me preguntaban los pastores que encontraba en el camino.
-Voy a Camburero.
Mentira; yo iba a dormir a Pandébano. El día amaneció oscuro y con niebla. Desde Pandébano subí a la Canal de Valleyu, que tiene una llambria...
-Ya la conozco; allí pasé yo buenos apuros dos veces; continúe usted.
-Pues bien, llegué a la canal de la Celada y comencé a trepar por el Naranjo; seguí el mismo camino que siguieron el señor marqués y el Cainejo: Subí por la llambrina, panza de burra, y hala, hala, iba poniendo el palo en las grietas y subiéndolo delante de mí; la bandera la llevaba envuelta en la cintura. Yo subo sin más ayuda que los pies y las manos.
Cuando iba unos cuatrocientos metros de altura, subiendo como sube una mosca por las paredes, noté que no tenía los nervios como cuando subí la primera vez. Entonces dije contra mí: es posible que no suba más al Naranjo; tengo seis hijos. ¿Por qué no quiso V. ir a verme trepar por el peñasco arriba (ph_39)?
Por fin me vi sobre la cumbre. Tardé poco más de una hora en subir. Descansé un rato y luego puse la bandera en el palo y lo sujeté derecha en una grieta. Eran las once de la mañana.
¡Qué bien parece allí la bandera española! No creo que ningún extranjero se atreva a subir allí a colocar la bandera de su nación.
-¡Bravo, Víctor, bravo! Este hecho no estaba reservado para un extranjero; estaba reservado para un español, para un asturiano, para usted.
-Bueno: pues la niebla tapaba la montaña; pero sobre el Naranjo hacía sol, su cumbre es casi plana y está cubierta de grava. No he podido medirla exactamente como V. me mandó; pero puede calcularse que tiene como unos setenta metros de lado.
Entre la grava hay muchos huesos de los rebecos que llevan allí las águilas para comérselos tranquilamente. Al descender me perdí; si subo otra vez, he de hacer señales sobre la roca por donde pase. ¿Desde dónde va V. a ver la bandera? ¡Allí está guapa de verdad! ¿Cuándo va V. a verla?
-En cuanto desayune.
Varios vecinos de Arenas y de Carreña, provistos de prismáticos, fueron a verla; unos desde el pozo de la Oración; otros desde lo alto de Vano; yo la vi desde Camarmeña, en compañía de los vecinos de este pueblo.
¡Qué emoción más intensa sintió mi alma cuando vi la bandera española brillar en las regiones de las nieves eternas; sobre peñascos varoniles; sobre alcázares de arquitectura primorosa, donde fulgura el rayo; donde las águilas le rinden homenaje; sobre el coloso risco en cuyas estribaciones fue izada la bandera de la Reconquista, de la independencia y el valor heroico, hecho que fue a terminar su derrotero en el trono que alzó la gran Isabel en los mágicos salones de la Alhambra...
Han pasado algunos lustros desde que la planta humana holló la cumbre de aquella roca. Los que la escalaron no dejaron allá ninguna señal visible desde el suelo, por lo cual eran muy pocos los cabralenses y alpinistas que creían en aquellas ascensiones.
Y para que ahora no haya duda sobre el hecho de haber colocado un asturiano la bandera española sobre el Naranjo, se ha levantado la siguiente acta:
"En el pueblo de Camarmeña, concejo de Cabrales, a veintiocho de setiembre de mil novecientos veintitrés, se reunieron los señores D. José Huerta Díaz, secretario del Juzgado de este término; D. Cándido Heredia Barbero, farmacéutico; D. Francisco Álvarez Fernández, industrial; D. José F. Tarno Madrid, representante del "Eco de los Valle"; y D. Manuel Niembro de la Concha, secretario del Ayuntamiento, con el objeto de ver por sí mismos y dar pública fe de que en la cima del Naranjo de Bulnes ondea la bandera española, puesta allí por Víctor Martínez, vecino de este pueblo, el día veintidós de agosto último, empresa que de hazaña puede calificarse, llevada a cabo por iniciativa y cooperación del delegado Regio de Bellas Artes de la provincia de Oviedo, D. Aurelio de Llano Roza de Ampudia, y que, por considerarse, no ya difícil, sino imposible colocar la enseña nacional allí donde las gentes no dan fe de la veracidad del hecho de que el Naranjo de Bulnes, el coloso de la naturaleza, haya sido escalado por planta humana, se hace necesario que mediante un acta se acredite y de fe de este hecho que pudiera calificarse de memorable.
Provistos los presentes de anteojos de campaña y teniendo enfrente, allá hacia el Sur, el célebre Naranjo que se destaca por encima de cresterías, de montañas y picachos que por todos lados se yerguen, han podido apreciar perfectamente que en la cumbre del famoso Pico, sobre un alto palo que le sirve de asta, ondea la bandera española, viéndola agitarse arrullada por la brisa de la tarde, como orgullosa de que jamás fue besada por aliento más puro, ni jamás se miró tan alta, tan lejos del lodo de pasiones en que se agitan los humanos, tan cerca de las regiones ideales donde sólo es dado subir con el pensamiento.
Y después de escuchar de labios de aquellos aldeanos la hazaña de Víctor Martínez, alabando a la vez el patriotismo y la esplendidez de D. Aurelio de Llano, tan popular en estos pueblos, regresamos los reunidos dejando aquellos lugares de Poncebos, Bárcena y Camarmeña, en donde la Naturaleza ofrece al visitante, al turista, al viajero, el contraste maravilloso de tanta grandiosidad, levantando la presente acta que suscriben: José Huerta Díaz, Cándido Heredia Barbero, Francisco Álvarez Fernández, José F. Tarno, Manuel Niembro de la Concha".
DE COVADONGA A CAÍN
-Este año quiero ir con V. a los Picos de Europa; deseo conocer aquellos paisajes.
Esto me dijo un día mi amigo el joven fotógrafo Celestino Collada, a quien le respondí:
-Irás, pero te advierto que esta vez voy a seguir un itinerario por el macizo occidental, lleno de peligros, según dicen los que lo conocen.
El día siete de agosto de 1926, a las dos y media de la tarde, salimos de Covadonga en automóvil, para los lagos de Enol y de la Ercina. La distancia es de 13 kilómetros por una pendiente fortísima.
Van con nosotros nueve excursionistas a quienes no conocemos. Al principio, la carretera está festoneada de árboles que nos dan sombra. En las praderas se ven algunas mozas esberenando hierba; y sobre el barranco, los calderos cargados de mineral que bajan por el cable de la mina Bufarrera, luchan por salir de la catenaria en que están hundidos.
Volviendo la vista atrás se contempla un paisaje magnífico; en medio de él aparece la basílica de Covadonga irradiando luz sobre el follaje que la rodea...
Se detiene el automóvil y nos apeamos para asomarnos al mirador de la Reina, donde se respira el aire perfumado por todas las flores de la montaña, y se admiran cuadros de gran belleza: florestas que trepan por entre las rocas; extensas praderas donde, en manos del segador, centellea la guadaña, y se oye el sonido acompasado que produce su filo al cortar la jugosa hierba; valles risueños y grupos de casitas blancas que parecen bandos de palomas reposando en nidos de esmeralda; vellones de niebla de plata, que, al ser cardada por la brisa en las aristas de las peñas, se convierten en hilos luminosos; todo esto aparece bañado en la luz de un sol esplendente...
Continuamos la marcha dejando a la izquierda la peña del Elefante, y un poquito más allá, por una escotadura de la roca, vemos un campo de gran extensión.
-¿Qué campo es aquel?- pregunté al chófer.
-Es la vega de Comeya.
-¡Ah! Ya oí hablar de ella; esa vega tiene una leyenda.
-¿Es bonita? ¿Quiere V. contármela?- me dijo una de las señoras que nos acompañaban; dama elegante, distinguida.
-Con mucho gusto: Dicen que en el cabañal de la vega había una zagala hermosa; la cortejaba un pastor de Cangas; pero los mozos de Onís no veían bien aquellos amores, lo cual dio motivo a una gran paliza entre los mozos de ambos pueblos; y en la refriega murió el novio de la zagala.
Se formó proceso, y el pueblo de Onís fue condenado a entregar a Cangas la propiedad de la vega, o un mozo elegido por la suerte, para sacrificarlo en el sitio donde habían dado muerte al pastor. Onís optó por lo primero, y desde entonces acá, la vega pertenece a Cangas. Y nada más.
-¡Qué leyenda más dramática; que interesante!- dijo la dama.
El automóvil sube despacio. A la derecha, lindando con la carretera, hay una majada donde el turista puede encontrar abrigo.
Un poco más adelante, al doblar el Collado de las Veleras, ¡Que sorpresa! aparece ante nosotros el lago Enol; en su cristal azul se refleja la montaña velada por la niebla.
El automóvil sigue por el borde del agua rizada por la brisa; luego de andar poco más de 600 metros, al volver una curva, aparece también por sorpresa en medio de una vega el lago de la Ercina...
Nos quedamos solos mi compañero y yo. Un pastor de aquí, se ofrece para acompañarnos al día siguiente hasta la majada de Ariu...
Mientras Collada hace algunas fotografías, yo me siento con el pastor, a la vera del lago Enol, sobre un campo cubierto de cardos enanos que lucen flores de azul cobalto. En la vega de Segornín, pace un rebaño de vacas...
-¿No sabe V. por qué está aquí esti llagu?- me preguntó el pastor.
Sé que hay una leyenda acerca de esto; pero, a ver, cuéntemela usted.
-Mire: Aquellas cabañinas que están allí, casi tocando en el agua, llámanse las cabañas de la vega de los Acebos; son las más antiguas de por aquí, más que aquellas otras que se llaman las cabañas de la Piedra el Llagu.
Un día aparecióse por aquí la Virgen, pidió posada a los pastores de estas últimas cabañas y no i la dieron; pidióla a los de la vega del Acebo y diéronila. En esto dijoyos la Virgen:
-¿Tenéis daqué ganau ahí en frente?
-Sí, señora.
-Pues sacailo de allí, ahora mismo.
Sacáronlo; y por la mañana apareció la majada convertida en esti llagu. La Virgen castigó a los pastores porque la trataron mal. Yo así lo oí. ¿Usted que dice de esto?
-Que será verdad.
El lago se halla a 1145 metros de altura, tiene 425 de largo, 300 de ancho y 15 de profundidad. En sus aguas hay abundancia de tencas y cangrejos, y en ellas se reflejan las Porras de Enol y del Lago, peñascos enormes que se yerguen a su vera como guardianes de las ninfas que atesora en su seno...
Pasamos la noche en el barrio minero. El día amanece despejado, y nos preparamos para ir hacia Caín, no por el ramal de carretera que conduce a la vega del Huerto, de donde arranca el sendero de Peña Santa, -a cuya cumbre se llega en tres horas- y luego, por el collado de los Mesones se baja a Caín; nosotros vamos a ir por la majada de Ariu y pasar la temible canal de Trea.
Nos ponemos en camino a las siete y media. En vez de un guía llevamos dos por causa de transportar el tren fotográfico de mi compañero; mi equipaje es siempre el mismo: un cayado, buenos prismáticos, un kodak y cuadernos para tomar notas.
La extensa vega de la Ercina, cuyo lago sirve de espejo a las zagalas, aparece llena de ganado paciendo. Suena el tintineo de esquilones y cencerros, música campestre que acompaña el canto de los pastores.
Salimos de esta hermosa vega y entramos en Camporredondo. Huele a Tomillo. Sobre el tapiz multicolor se destacan insectos de vivos reflejos, y los rayos del sol naciente se hacen polvo de oro sobre las alas de las mariposas que danzan sobre las flores.
A la derecha de Jou de la Veduyal, aparece un frondoso bosque de hayas. Subimos a buen paso la cuesta de la Cueña, y más allá pasamos por un cantizal cubierto de árboles, y tomamos la penosa subida de la sierra de las Bobias, donde se hallan algunas cabañas.
Entramos en Cabeza de la Forma, océano de caliza gris. Este paisaje produce tristeza; grupos de rocas peladas ascienden ondulando hasta la cadena de agujas que une a Peña Santa de Enol con Peña Santa de Castilla, que se alzan soberbias a nuestra derecha, al Oeste. Sus moles brillan al sol como acero repujado.
Peña Santa de Castilla es una de las cumbres de los Picos de Europa más difícil de escalar, después del Naranjo.
Avanzamos un poco más y aparece ante nosotros un grupo de cumbres del macizo central: la Torre de Cerredo y la de Llambrión con sus contrafuertes, que avanzan amenazadores, tajados sobre el Cares.
Después de tres horas de marcha, a buen paso, entramos en la majada de Ariu, en la que hay doce cabañas habitadas durante el verano, por ancianos, jóvenes y niños del pueblo de la Rebollada, concejo de Onís. En ellas encuentran abrigo los que lo pidan.
La estructura de estas cabañas es distinta de las de Portudera; no están divididas en departamentos como aquéllas; en un lado está la cama de hierba en un tablero levantado medio metro del suelo; y en otro, el fuego, delante del cual hay un sete. Estos pastores hacen un queso parecido al de Cabrales.
La majada forma un hondón rodeado de peñascos sobre los que se destaca la cumbre de Peña Santa de Enol. Dese Ariu se va en tres horas a cualquiera de las dos Peñas Santas, cuyas cúspides distan entre sí kilómetro y medio.
Llega una pastora y nos dice:
-Allá arriba hay una vaca herida y sin duda fue el oso; porque el lobo hiere de otra manera.
Y presentó un puñado de pelo que había cogido enganchado en los espinos. Lo examinan los pastores y dicen que es pelo de oso, y se lamentan de no poder cazarlo porque el macizo occidental es parque nacional y está prohibido matar los animales que hay en él.
Una zagala de singular belleza se interesa por saber lo que escribo en mi cuaderno, y satisfago su curiosidad.
Tomamos un poco de alimento y nos acostamos sobre el campo. A la una de la tarde nos pusimos en camino, con tres guías de Ariu.
Por un sendero endiablado vamos saltando llercios a través de peñas blancas que forman ondas titilantes bajo la luz de un sol abrasador.
Cazadero del Diablo, llaman los vecinos de Onís a este caos de rocas elevadas; y agregan:
En los Picos de Cornión,
donde el diablo se posó,
donde Dios puso la nieve,
la que nunca se quitó.
Pasamos por el Jitu de la Cistra, cerquita de Cabezallambria. En el Arenal tengo que vendarme una pierna y curarme con yodo una herida que acabo de sufrir en una mano al caer encima de una lastra. Aquí, sobre una piedra hay dos cruces grabadas y una O. Las cruces indican el límite de Asturias con León. La O es la inicial de Onís, a cuyo concejo pertenece una parte de este puerto.
En el Arenal comienza la Canal de Trea (ph_40 y ph_41). El aspecto de la bajada por esta estribación, es imponente. El paso por la Valleya de Huertorrey está cubierto de hierbazal verdino, tumbado -los pastores lo llaman cerru-, sobre el que no se puede hacer pie; parece que caminamos por una pendiente encerada. En cuanto me levanto de una caída otra vez vuelvo a caer.
Se apodera de nosotros la sed. Masticamos hierbas, que apenas tienen jugo. A las tres y media llegamos a la cueva de Trea con las rodillas casi desarticuladas. En esta cueva pueden refugiarse los alpinistas. Aquí descansamos un rato, y continuamos bajando por entre hierbaza que casi nos cubre. El camino hasta aquí no es peligroso. ¡Agua! ¡Allí hay agua! ¡Gracias a Dios! Un poco más abajo de la cueva de Trea, a mano derecha, en un rico manantial apagamos la sed.
Ahora el camino es una gravera que nos envuelve los pies y nos los hiere. Todo el tiempo tenemos frente a nosotros y cada vez más cerca los colosales contrafuertes de la torres citadas, y a derecha e izquierda peñascos enormes.
Entramos en un boscaje y remontamos el collado del Tornu. Desde aquí, se admira en dirección de la corriente del Cares un paisaje de belleza imponente; conmueve y espanta su indescriptible belleza.
Otra bajada penosa, donde las piedras ruedan bajo nuestros pies. Ahora una subidita, y a la izquierda un precipicio que nos asusta; aquí se han despeñado algunas personas.
-¿Ve V. aquel prado pendiente sobre el precipicio? -me dijo uno de nuestros guías-. Se llama el prado de Largasoga. ¿Y sabe usted por qué? Un día se puso a segar allí un pastor, y su mujer tenía de él con una soga. En esto le dijo el pastor:
-¡Larga soga!
Largóla; pero el pastor volvió a decir:
-¡Larga soga!
-¡Allá va toda!
La mujer soltóla del todo y su marido despeñóse por allí abajo.
A las seis llegamos a Caín; tardamos cinco horas desde la majada de Ariu: total, ocho desde el lago de la Ercina.
Caín pertenece a la provincia de León; se compone de dos barrios, Caín de Abajo y Caín de Arriba. Se halla a 500 metros sobre el mar, metido en un hoyo hermoseado por nogales gigantescos y praderas fertilizadas por el Cares, en cuyas aguas abundan las truchas de una manera extraordinaria. El pueblo ha levantado a su cuenta una casa para escuela.
Los grupos de alturas que rodean a Caín, están coronados por Peña Arzón; Torre del Juracau; Torre Blanca, risco que tiene cerca de su cúspide una cueva en la que, según la leyenda, aparece una bolera de oro todos los años la mañana de San Juan; Piedra Lengua y Torre Santa o Peña Santa de Castilla, pues de las dos maneras la llaman en la comarca. Dice un cantar:
Altos son Picos Urriellos,
altos son por maravilla;
más alta es la Torre Santa,
que se ve todo Castilla.
En Caín se encuentra hospedaje pasable. No hay que contar con leche, porque durante el verano todo el ganado está en los puertos; tampoco hay ninguna clase de bebidas; será difícil encontrar en todo el pueblo una botella de vino, cosa que a mí no me preocupa nunca.
De caín se puede salir a caballo por Posada de Valdeón; la distancia es de siete kilómetros. Y de Posada a Espinama, o a lo alto de la carretera en el puerto del Pontón, se llega en unas tres horas.
DE CAÍN A PONCEBOS
Una de las cosas más temibles en la montañas es la niebla. Yo la he visto formarse en las cumbres, y he andado por entre ella varias veces en el macizo central, y sé los peligros que trae consigo, a parte de que se malogra una excursión, porque no se disfruta del paisaje. Nosotros tenemos suerte; nos acompañan días espléndidos de luz.
No me gusta hacer excursiones rápidas, porque no se saca provecho de ellas; me gusta instalarme en una cabaña y desde aquí hacer salidas a las alturas para gozar de esta naturaleza hermosa y bravía. Pero esta excursión es excepcional. Pasar la Canal de Trea y la garganta del Cares no suele hacerse más que una vez en la vida, si uno se encuentra con fuerzas para ello. Yo aprovecho la ocasión.
En el trayecto de Caín a Poncebos nos acompañará un cainense, quien nos dice que andando a paso largo emplearemos seis horas en el camino; y que éste es peor que el de la Canal de Trea. ¡Dios nos asista!
Partimos a las ocho de la mañana del día nueve. A la salida del pueblo brota borbollando con gran fuerza, formando hermosos penachos de espuma, la fuente de la Jarda.
Atravesamos el embalse de la Electra del Viesgo y enfilamos la estrechura por un agujero con ventanales al río (ph_42). El guía nos dice que podemos atajar mucho si, en vez de remontarnos al Collau de la Tranvia, por un sendero peligroso, seguimos río abajo, saltando por los cantales, ya que lleva poca agua.
Así lo hacemos. Pero llegamos a un sitio estrechísimo. Mirando hacia arriba no se ve más que una raya de cielo, y el agua forma un pozo bastante hondo. Vuelvo la cabeza para decir al guía que cómo nos trajo por aquí, y en esto oigo chapotear: es Collada que pasa el pozo, vestido; el agua le llega bajo los brazos.
-Yo por ahí no paso- le digo al guía.
-A ver si puede V. pasar por donde yo, por esta llambria.
En la pared, vertical, hay unas oquedades en las que afianzo las manos y comienzo a avanzar pendiendo sobre el pozo. Entonces me dijo nuestro acompañante:
-Usted pasa como nosotros los "cainejos".
Subimos sobre la pared del canal de la Electra, cuyo espesor es de cincuenta centímetros (ph_43). La velocidad del agua tira de nosotros si la miramos, y si volvemos la vista al otro lado, nos llama el abismo que tenemos a nuestros pies. Tres cabras igüeras vienen detrás de nosotros...
Por una pendiente fortísima, sembrada de piedras movedizas, entramos en Sedullinabiu, donde algunos tramos del sendero están labrados en la roca; otros, forman cornisas estrechas, a centenares de metros sobre el río. Este paso es emocionante.
Llegamos a un pequeño campo, en el que se halla una caseta de la Electra del Viesgo, con guardas de día y de noche.
¿Cómo se llama este campo?- le pregunté al guía.
-San Julián de Culiembro (ph_44).
-¿Es aquí donde hubo una capilla?
-Sí, señor; -contestó uno de los guardas-. Aquí está el sitio donde se encontraron los cimientos de ella cuando se hicieron estas obras. En la capilla decía misa un obispo...
-Sí, ya lo sé; me lo han dicho en Camarmeña y en las majadas de estos puertos.
Frente a San Julián de Culiembro se halla la fragosa Canal de Piedrabellida, paso difícil del macizo central.
Seguimos adelante, y en la Riega del Sayu tomamos agua de una fuente que brota a la orilla del sendero, y nos echamos a descansar al pie de un peñasco. De las cumbres desciende un silencio sagrado. Estoy tumbado sobre piedras, con el cuerpo dolorido; pero mi espíritu se recrea ante estas rocas ingentes...
¡Qué hermosa es mi Asturias querida, mi nativa tierra, la que me ha dado su sangre, sangre de asturiana pureza! ¡Cuánto me alegro de haberla recorrido toda, admirando su belleza, desde el Deva al Eo, y del mar a la cantábrica cordillera!
¡Asturias, que tras de estas cumbres, en las estribaciones del Auseva, labraste el trono que llevó a mundos nuevos la insignia nación ibera, quien supiera cantarte una oda, aquí, en la profunda grieta, por la que va saltando el Cares, de cascada en cascada, de peña en peña, y que el eco de las estrofas se reflejara en las oscuras cavernas y en la cinta azul de cielo que alumbra esta estrechura inmensa!...
Nos ponemos en marcha. El sol nos quema la espalda, y las rocas, desfallecidas de calor, nos lanzan al rostro ondas de fuego. Al volver un recodo aparece ante nosotros una escalera alta, estrecha, tallada en un contrafuerte al borde del abismo. La llaman la escalera de la muerte; al subir por ella, me dan escalofríos. Desde lo alto, miro hacia abajo y veo a Collada en el primer peldaño, pálido, tembloroso. Le digo que haga una fotografía de este paso y me contesta:
-No me atrevo, se me ponen los pelos de punta.
Salimos de este sendero para entrar en otro peor: en las malditas graveras; sus pedruscos deslizantes bajo nuestros pies llevándonos hacia el río, que ruge en el fondo del abismo y e encarga de arrastrar hasta Arenas a los "cainejos" que se despeñan por aquí con bastante frecuencia. "El guía Lorenzo, que tiene cuarenta y tres años, ha conocido, sólo de Caín, catorce despeñados: él mismo perdió en tres meses a su madre y dos tíos, y conserva en la parte alta del frontal una enorme cicatriz, causada por una de sus temeridades en aquellas rocas que tanto quiere".
Le digo al guía, que otra vez no venga con alpinistas sin traer una cuerda para ayudarles a pasar los sitios peligrosos; sobre todo, las graveras. Nunca mejor que al recorrer este camino se puede decir aquello de "pasar las de caín".
Desde los Collados de Pregüeles vemos a lo lejos una gravera resbaladiza, pendiente sobre el río; tenemos que atravesarla, y luego seguir el contorno del peñasco que aparece a la izquierda de la fotografía 77 (ph_45). El paso por el punto X es bastante peligroso.
A una y otra mano se alzan los enormes murallones del macizo central y occidental. La distancia entre Caín y Poncebos se calcula en veintidós kilómetros subiendo y bajando por sitios tan imponentes, que "los lobos mismos miran con respeto aquellos pasos y no se atreven a salvarlos".
A las seis llegamos a Poncebos (ph_46); empleamos diez horas en el camino, ocho andando y dos de descanso, sin más alimento que una taza de café puro, al salir de Caín.
Habrá pocas alturas de la importancia de los Picos de Europa que no estén profanadas por funiculares, cables y carreteras. No soy partidario de estas profanaciones; el trepar por los senderos que serpean al borde del abismo causa una emoción soberana. Pero es justo que los que no reúnen condiciones de alpinista, disfruten de las bellezas de estas montañas penetrando en el corazón de ellas por una carretera fácil de construir desde las vegas de Sotres al Naranjo de Bulnes.
Nuestra diputación y la de Santander han acordado la construcción de una carretera interprovincial, por el puerto de Aliva. A Asturias le corresponde construir el trozo de Poncebos a la Raya, -lugar que describo en la página 57-, pasando por Tielve y Sotres. Su trazado es bastante sencillo; sobre todo desde el invernal del Texu de Asturias por la orilla del río Duje. La distancia entre Poncebos y la Raya es de veintidós kilómetros.
En construyendo esta carretera, se puede trazar un ramal que partiendo de la entrada de las vegas de Sotres, ascienda serpeando suavemente hasta remontar el Collado de Cuaceya; y de aquí, por encima de Pandébano, -camino que describo en la página 52-, a lo largo de la falda de Cabeza de las Moñas, terminando en la vega del Redondal, en un punto situado como a unos dos kilómetros más abajo del Naranjo de Bulnes.
En Asturias hay bastantes carreteras de trazado más difícil que el de esta que propongo, en cuya materia no soy profano. La diferencia de nivel entre el punto de partida y el de llegada es de ochocientos cincuenta metros, y la distancia ocho kilómetros; las obras costarán quinientas mil pesetas. Estos datos no son rigurosamente exactos, pero se aproximan a la verdad.
En la vega del Redondal, llamada así porque está llena de peñascos procedentes de las cumbres, se podría instalar un hotel desmontable, -de construcción fija lo desharían las peñas y los aludes que bajan de las alturas por el invierno-, que funcionaría tres meses de verano; la concurrencia de turistas a este punto seria enorme.
A la entrada de la carretera se podría cobrar portazgo a los automóviles por número de asientos, cuyos ingresos cubrirían con creces los gastos de conservación de las obras.
Esta carretera se hará. ¿Cuándo? No lo sé; pero se hará.